Publicado el: 29 Dic 2015

La casa de los mis güelos

loliproaza

Por Loli GALLEGO

Hoy me he propuesto describir cómo era una casa de los años cuarenta, en la fase histórica de la posguerra, en una familia de clase baja, que trabajaba en el campo y que tenía una economía mixta ya que el cabeza de familia era zapatero. Fue en esta casa en donde pasé los mejores años de mi existencia, hasta que falleció mi güelo. Tenía entonces diez años y fue la primera vez que lloré con una pena muy grande por haberlo perdido.

La casa
Era la clásica casa de aldea, de planta baja, piso y una solana. Aparte estaba el desván al que se accedía por una trampilla que a mí me daba un miedo terrible, pues pensaba que si entraba no volvería a salir así que ni se me ocurría.
Tenía dos habitaciones: la del balcón era la de los güelos y, dentro de lo que cabe, estaba bien amueblada: dos camas torneadas, un armario con dos puertas con espejo, un palanganero con su palangana y jarrón y una silla que decían era de estilo “isabelino” pues la tenían en gran estima. Las camas siempre tenían unas colchas en colores malva y morado. Encima de los cabeceros, dos crucifijos, pues aunque el güelo era anticlerical, la güela era religiosa aunque no practicara. De joven había cantado en la iglesia. Tenía una voz muy guapa y a mí me gustaba escucharla.
Debajo del balcón y pegada a la fachada había una parra de uvas negras que se expandía por encima del camino y lo tapaba haciendo una especie de túnel.
La otra habitación era interior, tenía una claraboya en el techo y la solana. Había dos camas de hierro muy grandes con bolas doradas, una cómoda en donde se guardaba la ropa de cama y un arcón donde después de amasar el pan lo guardaban entre sabanas viejas muy limpias y por encima le colocaban una manta fina. Este era el lugar en el que mi güela tenía el abastecimiento, pues cada quince días amasaba.
En la planta baja se hallaba la cocina, lugar donde discurría la vida de la familia. El mobiliario era sencillo: una cocina de carbón y al lado la de leña con el forno y una mesa grande siempre cubierta con un hule de cuadros blancos y azules.
Los sitios en la mesa estaban distribuidos: a la cabeceras los güelos y en el frente el resto. Al otro lado estaba la masera donde se hacía el pan y a continuación un armario aparador con puertas de cristales donde se guardaba lo mejor del servicio. Disponía de dos cajones para los cubiertos y en la parte de abajo, que estaba cerrada, se guardaban los comestibles de uso, pues mi güelo los compraba al por mayor y los tenía en la zapatería. Al lado del aparador había un basar donde estaban colocados los útiles de diario, luego, el fregadero con los calderos del agua colgados y pegada a la pared del fondo una espetera en la que sobresalía entre todo el aparato de hacer los esponjados que era de cobre y brillaba mucho.
La puerta era de cuarteron para salir al portal, donde se entraba a la cuadra. En otro cuarto pequeño estaba el retrete. En el portal había un escaño y, colgado encima, un mapa de Europa, de lata, que yo miraba con gran admiración, pues los países estaban en relieve y en colores. A otro lado, un palanganero de hierro con su toalla y el jabón y junto a éste un gran clavo donde se colgaba el mañizo de berzas para las pitas.
Desde el portal, que estaba cerrado con una portilla de madera, se entraba a la zapatería y ese era mi mundo pues el güelo me dejaba jugar con todo lo que allí había ¡Y sí que había!.

La amasadura quincenal
Era como un día de fiesta desde que se comenzaba a preparar el forno pa aroxar, hasta que una vez cocidos los panes se comía la empanada que la güela ponía a la entrada del forno. ¡Como me prestaba la leche, la empanada y el pan recién hecho que yo llamaba de “molín”! ¡Todo un festival gastronómico!.
Adosadas a la casa estaban la cuadra y el corripo. En la cuadra siempre había una vaca y el xato. Las vacas siempre tenían el mismo nombre “Linda”y eran de la raza que llaman ratinas. Al fondo, el burro, que siempre comía lo que sobraba de la vaca, a no ser que hubiesen mayao la manzana y entonces la poxa la mezclaban con cebada y tanto la vaca como el burro se ponían muy contentos. Creo que la poxa fermentaba en el estómago y se ponían un poco “colocaos”.
Siempre conocí dos gochos de los blancos con “oreyonas” grandes. Todos los días los sacaban a la caleya y los fregaban con una quilma. Baldeaban el corripo y pa dentro. Decía mi padre que por tenerlos limpios casi aumentaban en peso una arroba.

Horro de los años cincuenta

Horro de los años cincuenta

El horro
La casa contaba también con un horro dividido en dos cuartos. En cada uno se guardaban diferentes cosas. En el más grande las manzanas colocadas por clases en las estanterías y entre hierba ¡Como olían! Ese olor me quedó grabado en el cerebro para siempre.
Los lunes en temporada las llevaba al mercao y las vendía rápido pues tenían fama de ser muy buenas y sabrosas. A mí las que más me gustaban eran las de “prieta” que en el mes de enero estaban riquísimas.
En el horro había dos arcones, uno para las nueces y avellanas y el otro para la harina y colgados del techo los tocinos, jamones y chorizos de aquellos dos gochos que se cuidaban también.
Debajo del horro estaba el gallinero: doce o catorce pitas y un gallo. Tenían mucho cuidado cuando alguna salí llueza,entonces la cogían y la ponían aparte, le arrimaban los huevos y a esperar a que salieran los pitinos. De esta manera se iba renovando el gallinero, aunque también se compraban. Las más apreciadas eran las franciscanas y las japonesas.
Cuando güelo machacaba los huesos a la puerta del taller venían todas corriendo a comerlos. Me decía que así comían calcio y los huevos no salían en “camisa”.

Sanmartín y sidra
Este era otro día de fiesta (para mí, claro) La ayuda comunitaria estaba fuertemente arraigada en estos tiempos. Las gentes se ayudaban en la labores, en los arreglos de los aperos, en los partos del ganado y en todas aquellas cosas en las que se necesitara colaboración.
Ese día bien temprano se encendía una hoguera en el camino y se colgaba un gran bidón con asa lleno de agua. Se preparaba la duerna donde se sacrificarían los gochos, preparaban la cebolla y lo necesario para hacer el primer embutido que era la morcilla. Luego llegaba el matarife,un hombre entrenado en este oficio. Sacaban a los reos, que chillaban tanto que yo me escondía con los oídos tapados en el taller. Una vez hecho el sacrificio los colgaban y los dejaban serenar en el portal toda la noche.
Claro que lo que venía después era la comilona del primer adobo, el primer picadillo… y ya nadie se acordaba de los “ejecutados”. Solo se comentaba lo rico que estaba todo.
En la época de la manzana se hacía sidra. La mallábamos en el llagar del cura El Carranco. Esta labor se hacía comunitariamente.
Fueron épocas malas pero las gentes con ingenio y voluntad aprovechaban lo que tenían para así poder subsistir con dignidad.

Comentarios:
  1. VALENTIN ALVAREZ dice:

    Como de costumbre da gusto leer tus articulos………feliz año Loly.

  2. María Begoña suarez dice:

    Me encanta ver como sabes reflejar esos entrañables recuerdos de tu infancia.Gracias por compartirlos con nosotros.

  3. ISABEL dice:

    Maravilloso ,,, me acuerdo de mi abuela cuando ella me contaba de su lugar «La Avecilla «, y recordaba cosas muy parecidas , un recuerdo bonito y enriquecedor.

  4. Begoña dice:

    Escritura sencilla y serena que nos acerca a nuestras padres, abuelos, siempre recordados y añorados. La historia de nuestros antepasados. No se puede entender el hoy sin conocer el pasado. Gracias.

Deje su comentario

Diario digital del Camín Real de la Mesa