Publicado el: 27 Feb 2016

Luisa, de casa Muria (Rañeces)

Por Leduina BLANCO GARCÍA

“Madre evoca algo positivo, un ser protector y siempre amigo. No todo el mundo tuvo la suerte de nacer en primavera, fruto del amor y de un vientre cálido y confortable como el de mi madre, Luisa, suerte la mía. Nombrarla es erizar el vello del ser más insensible, porque ella es simplemente, única. Nació en Rañeces, Las Regueras, El Escamplero, y ya de niña destacaba por su talento con la costura, con labores humanitarias. El día de su boda hizo la comunión su hermana, Iglesia de Santa María de Valsera, y comida en el restaurante Casa Concha. Día inolvidable y feliz para el concejo, con su ramo de azahar, símbolo de pureza de cuerpo y alma, y la alfombra roja que donó a la iglesia para que otros contrayentes sintieran ese camino al altar como un acto de entrega y de amor, siendo el párroco don Celso.

leduinaEmigró a Madrid y con 23 años tuvo a mi hermano, un hijo deseado y acogido como el primer nieto con gran ilusión. Mujer de principios, de cuna sin hambre pero de pan para todos, casa de acogimiento a familiares, amigos y a toda persona necesitada de alimento y de apoyo emocional. Casa Muria destaco siempre por su sentido comunitario y de vecindad, serviciales con sus prójimos. Implicada con sus padres y exitosa mujer en lo profesional. Mesón Muria, El Batán, fue su base laboral y núcleo de encuentros de sus padres, hermanos, sobrinos, vecinos de las Regueras, cuyos recuerdos de Madrid y de los años 60 al 79 son recordados en el banco de la melancolía y anécdotas aun hoy. En cada evento social de Rañeces, como en San Bartolomé, y fieles clientes del actual caserío de Muria, en Madrid, siguen recordando a la incansable Luisa detrás de la barra, en la cocina, siempre impecable y feliz ante la llegada de su gente asturiana a la capital. Aún sonríen ante el recuerdo de una época imborrable cuando no había las posibilidades de hoy y viajar y desplazarse del pueblo a Madrid era toda una aventura. La media hora de avión eran diez horas en el tren, pero había unas fiambreras maravillosas, con olor a guiso de abuela, y unos encuentros llenos de ilusión. Sirva de ejemplo la visita sorpresa de su amado padre Fausto desde Rañeces al mesón Muria, en Madrid, llegada imprevista. Ella de un brinco saltó la barra y lo abrazó en puro instinto filial. Madres del concejo, cuyos hijos o parientes tenían problemas de salud, personas con necesidad de ir a un hospital madrileño por enfermedad, y ella acogerlos sin contraprestaciones, sin ser rica, solo mujer luchadora y solidaria. Por la parte paterna, de pasado militar, con base en la fábrica de armas de Trubia, sigue siendo María Luisa, y por la parte materna más conocida como Luisina de casa Muria.

Luisa el día de su boda

Luisa el día de su boda

Faustino García Sánchez, caballero de primera clase de la real orden del merito militar, caballero cubierto ante el Rey, era tu abuelo, y si de ascendientes viene tu inteligencia, también ha sido madre ejemplar, y más aun como hija, cuidando a su madre, Lola Muria, durante su larga enfermedad, sin faltar un solo día al cuidado, alimento y regalo de confort y amor dignificando su parkinson y otros males más pequeños que la tristeza del alma porque, si algo ha herido sin cicatrizar a mi madre y abuela y extensivo a la familia, ha sido la pérdida inesperada de Tino, de Rañeces, ser muy especial que ha sido un socavón no superable para sus seres amados, y ha agrisado los azules ojos de mi madre y que, sin duda, ese maldito 26 de abril, fue el peor momento emocional para ella. En el año 2001, un cáncer entró repentino y silencioso, nuevo mazazo  y nueva lucha que afrontó con coraje y generosidad. A pesar de la quimio, radioterapia y un peregrinar infatigable, Luisa no dejó de ayudar al prójimo, a los seres más débiles, de recoger firmas para que en Jove instalasen radioterapia, ya que ella tenía que ir en ambulancia a Oviedo. Nos transmitirá positividad cuando no había ni esperanza y seguía incansable a pesar del agotador camino de lucha.

Cosía trajes de carnaval a sus nietas, cocinaba con ese sabor a amor que no se compra ni con los mejores ingredientes, porque hay cosas que no son fruto de la experiencia sino de la voluntad con los demás, y en tiempos de prisas, egoísmos, estrés por causas con solución, ella supo caminar sin prisa pero sin pausa, con firmeza, con entrega, sin esperar nada a cambio y lucir como una estrella a pesar de haber pasado por la habitación 322 y 316 en el año 2013 entre otras, dejando huella entre compañeras de enfermedad y amistades. Vivió caídas y ascensos que solo ella logró con energía y ejemplo y hoy y siempre te digo te quiero. Te nombro y tiemblo, por admiración, por tu dulzura y seriedad a la vez, y doy gracias a la vida porque tú, Luisa, seas mi madre, privilegio que solo mi hermano y yo hemos logrado tener. Porque no todo silencio es olvido, felicidades y gracias por todo y por siempre”.

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