Publicado el: 16 Jun 2016

El mercado de Proaza en los años cincuenta

Por Loli GALLEGO

Geográficamente Proaza es un lugar estratégico, lo que hizo que en los años cincuenta del pasado siglo acudieran a sus mercados y ferias gentes, tanto de los municipios vecinos (lo que hoy llamamos Valles del Oso) como de la vertiente del Aramo. El número de habitantes en esta época era de 3.108 y los pueblos del concejo estaban a rebosar de gente.
Los lunes desde tiempo inmemorial se celebraba el mercado semanal. Había gran afluencia de gentes que venían a comprar o a vender los productos que ellos mismos cosechaban, criaban o manufacturaban. Según la temporada, traían manzanas, castañas, avellanas, huevos, mantecas pollos, gallinas. Todo esto se vendía en la Plaza de la Abadia debajo de la Tilar y Antonín el de Merixo cobraba los impuestos, pues era el “consumeru”.


mercado de proaza antiguoEn la Prubil se vendían los gochos y junto a casa de las de Amparo las ovejas y las cabras. El resto de ganados en la Huerta Rivera, conocida como el mercao del ganao. La afluencia de paisanos para vender sus reses, burros o caballos era grande, como una pequeña feria.
Siempre fueron muy apreciadas las manzanas y avellanas de este concejo y en la época de la recogida de las “ablanas” éstas eran enviadas a Inglaterra donde se apreciaban mucho.
Los vecinos del concejo venían a comprar lo que se llamaban los “enredos”, que eran los comestibles. Los alimentos eran primordiales, junto la compra de los aperos de labranza, fundamentales para el desarrollo de las labores del campo.
Todos los lunes venían vendedores de fuera que ponían tiendas llamadas del aire. Constaban de dos o tres banquillos y unas tablas como mostrador y un toldo. María Marquinos, que siempre estaba enfadada, montaba y desmontaba los tenderetes.
Había personajes típicos como las de las telas a cargo de “Milia la chata”, Elisa y Luis el de Grao que era pelirrojo y gastaba lentes.
El matrimonio llamado “los busdongos” Silveria y Pepe, ella vendía carne de cerdo salada y él, que tocaba muy bien las castañuelas, compraba ovejas o cabras. También vendían estos productos Concha la de Jacinto y Juana.
La fruta estaba a cargo de Manuela la de Práxedes, Josefa Kilo vendía de todo. Luego estaban los tenderetes de Marcela y Teresa “la monja”, que vendían lo que hoy son las chuches y era el lugar preferido de los nenos.
Un vendedor muy especial era Manolo el “gallego”. Traía desde lentes de leer, pasando por mecheros de mecha y de piedra, navajas, maquinillas de afeitar… un sinfín de cosas. Era un tipo peculiar de talla baja, rechoncho y colorao de cara.
Elpidio el hojalatero tenía una gran clientela: que si poner clavos a las potas, hacer zurronas para la leche, faroles de alumbrar, lecheras….
De Lavares venían a comprar Martín, Carmen y María, que adquirían huevos, pollos y manteca que luego revendían en Oviedo o Mieres.
Los tratantes más asiduos eran Arcadio y Baragaña.
El medio de transporte era el burro. Así como ahora se aparcan coches, entonces se aparcaban burros en las distintas callejas; en la del Pozo Faustó los amarraban los de Bandujo.
A principios de los sesenta comienza la emigración de los pueblos hacia los centros de producción industrial como Avilés, Gijón, Mieres y solo quedan en ellos las personas de mediana edad o los ancianos. Comienza el descenso de la población y de los 3.108 se pasa en el momento actual a unos 750 y bajando.
Pero podemos decir que los pueblos están en buenas condiciones de habitabilidad, cuentan con carretera, alumbrado, saneamiento, agua, televisión y en todas la viviendas hay teléfono, ya fijo, ya móvil y nuestros pueblos, aunque estén despoblados tienen vida, ya que las personas que buscaron trabajo en otros lugares han arreglado sus casas y vuelven en vacaciones o fines de semana. Por mi propia experiencia sé que allí donde naciste, al final de la vida quieres volver a vivir, aunque solo sean unos días al año, pues la paz en la zona rural es impagable.

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