Publicado el: 14 Dic 2016

Noventa años de un chaval al que llaman Mon, el de la Merced

Mon el de La Merced

Por Plácido RODRÍGUEZ

Hasta hace poco tiempo, mientras las piernas le permitieron recorrer con un mínimo de autonomía el trayecto que va desde su casa hasta la piscina, nadaba una hora diaria. Un día me dijo:

—A estas edades, después de hacer ejercicio es muy importante recuperar las fuerzas…

Y pude intuir que en esa cosa tan ruda, en apariencia, de las fuerzas además del vigor físico que les viene implícito, también iba incluido el entusiasmo de mantenerse ágil en el raciocinio y presto en los parlamentos con los que de forma aguda y a menudo burlona adereza la sesión vermú antes de enlazar la reconfortante costumbre de comida y siesta.

Después introdujo un breve silencio, supongo que, con la intención de hacerme cavilar sobre cómo conseguía que su cuerpo y espíritu se revitalizase una vez concluida la práctica natatoria, y en breve continuó hablando con un semblante que parecía serio:

—Nada más salir de la piscina tomo un zumo de naranja en uno de los bares del Casal.

Y cuando asentí con ingenuidad, dando por bueno y razonable el hábito de tomarse un reconstituyente hecho a base de frutas, me espetó la estocada final con una sonrisa pícara:

—Con un poco de vodka.

Ahora sus pasos van siendo más cortos, pero sigue con ánimo de sobra para caminar por el centro de la Villa y, aunque los años le van mermando los andares, conserva prestancia y gracia para seguir apostillando en las conversaciones, como buen practicante que es de esa especie de liturgia moscona de chigre, también conocida como “Galga”.

Así son muchas de las mañanas de Mon. Ya no va a nadar, pero sigue caminando para ejercitar el cuerpo; y pensando también, cómo no, para perseverar con soltura en esa dialéctica atávica, dulce y ácida con la que hacen gimnasia los cerebros galgeros.



Al poco de hablar con él se puede percibir la importancia que le da a las palabras, bien las utilice para referenciar con esmero los pasajes de su vida, bien sea para referir con socarronería alguna de las anécdotas que con sus noventa primaveras se acumulan en el baúl de la memoria… Si tiene como mote, “el Pesao”, no es por méritos propios, sino porque un abuelo suyo, “chocolatero de profesión”, tuvo la ocurrencia de ir a bañarse al río, “donde el Puente de la Vía”. Y esta circunstancia, que en aquella época podía parecer lógica por la inexistencia de piscinas, no lo era tanto puesto que no sabía nadar. Y esto último fue el hecho determinante que propició la elección del apodo que le pusieron después, ya que la consecuencia de la falta de maña para desenvolverse por encima del agua propició el hundimiento, y quienes lo socorrieron tuvieron que esforzarse mucho para sacarlo del agua, llegando a concluir, una vez terminado el rescate: que aquel señor pesaba mucho… Ramón, que así se llamaba el antepasado, transfirió por precepto popular el mote a su hija Mercedes, y ésta a su vez a su hijo Ramón. Podría decirse que el apodo salta en el tiempo como en el juego de la oca: de Ramón a Ramón y tiro porque me toca.

Y ver al Pesao cumplir 90 años no deja de ser un reto interesante al que llegar con el tiempo. Después de las penurias y de las alegrías, de guerra y paz, exilio y reencuentros, hambre y banquetes, vino y sed, estraperlo y despacho de pasteles… Después de toda esa experiencia que desemboca en un mar de ganas de disfrutar cada momento, consciente de la importancia de saber reírse de uno mismo y anteponiendo las personas a la política. Hoy, 14 de diciembre, celebra en la Merced una fiesta de cumpleaños llena de familiares y amigos; a buen seguro que para departir con todos ellos, tomando un vaso de vino, a tragos cortos, pero intensos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios:
  1. xixon dice:

    Enhorabuena por él. Hay viejos de 40 y jóvenes de 90 que saben disfrutar la vida a pesar de haber pasado muchas más dificultades que la gente de hoy.

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