Publicado el: 31 Dic 2016

Patrimonio y comunidad

Por Toño HUERTA

Visita a la fábrica de La Vega / Foto Toño Huerta

El pasado 19 de noviembre, en una maratoniana jornada donde casi 200 personas pudieron visitar las instalaciones de la Fábrica de Armas de La Vega, se clausuraban las II Jornadas de Patrimonio Cultural de Oviedo. En esta edición su título fue “La participación ciudadana en la gestión del patrimonio”; a lo largo de una semana se visitaron diversos espacios, se habló del patrimonio y se debatió sobre el mismo, siempre con el foco puesto sobre la comunidad. Pero, ¿cuál es la realidad?.

Hay una palabra que me encanta, procomún. Sintetizando mucho, el procomún se refiere a aquello que, sin ser de nadie, es de todos. El patrimonio cultural, entendido en su máxima expresión tanto material como inmaterial, encajaría perfectamente en esa definición. Sin embargo, a lo largo de los años vemos cómo las diversas administraciones públicas se están apoderando de él, apropiándose de unos bienes que forman parte de nuestra historia y que deben ser reivindicados como tales. Técnicos y gestores públicos hacen y deshacen a su antojo en pro de un supuesto bien común cuyo resultado no es otro que la aniquilación de la memoria colectiva pues ¿en qué se convierte un pueblo que ha olvidado su pasado y sus raíces? Lo peor que le puede pasar a una comunidad es su desvinculación con el territorio, y cuando en las políticas de gestión territorial, patrimonial y de cualquier otro tipo se deja a la población al margen, el efecto no es otro que ese sentimiento de no pertenencia, incluso la aparición de los no lugares.
Por ello, la participación es una de las claves, entrar en un proceso de empoderamiento donde la comunidad recupere lo que es suyo. Puede sonar utópico, sobre todo cuando son tantas las batallas perdidas, pero como el agua que gota a gota perfora la roca, está siendo ya un proceso imparable. Pero no hay que caer en el error de creer que una participación ciudadana en exclusividad es la solución; el papel de los técnicos y la Administración también es clave, pero en una relación horizontal donde las tres partes se tuteen y se miren directamente a los ojos para dialogar, sin supremacías intelectuales ni dialécticas. Abierto el diálogo, ¿cuál podría ser el siguiente paso? En todo el proceso la didáctica es fundamental, el hacer preguntas del tipo ¿qué patrimonio queremos tener? ¿cómo lo queremos gestionar? Y aquí podría entrar en juego una nueva palabra, cogestión; desde hace tiempo se habla de proyectos autogestionados por la comunidad. Pero la realidad es que se trata de una cogestión donde actúan diversas entidades, desde comunidades locales, asociaciones, administraciones o técnicos; cada parte tiene su papel y en el buen engranaje de la maquinaria es de donde pueden salir los buenos resultados.

Mirando el futuro
Por lo tanto, ¿es posible una participación ciudadana en la gestión del patrimonio? La respuesta es una claro y firme sí; se viene haciendo desde tiempos remotos, cuando la comunidad local era quien velaba por su territorio, en el que está incluido el patrimonio. Y el papel que ahora nos toca es el de exigir a las administraciones la devolución de ese derecho consuetudinario.
Hagamos ahora un pequeño ejercicio de imaginación. Pensemos que hemos recuperado nuestra memoria como pueblo, que el patrimonio que nos hace ser lo que somos ha vuelto a nosotros y está en nuestras manos gestionarlo. Una de las primeras preguntas que saldrían, más en estos tiempos, quizás fuese ¿y esto cómo se va a pagar? Muchas veces el problema en la salvaguarda, estudio y gestión del patrimonio cultural es el presupuestario; sin embargo, como primer paso, habría que superar esa visión mercantilista que todo lo mide con criterios de rentabilidad económica, olvidando que es más importante la rentabilidad social del patrimonio que, a la larga y en el corto plazo, se convertirá en un recurso endógeno productor de riqueza.
Pero siendo prácticos e intentando superar complejos demasiados ideologizados, introduciría una última palabra, el partenariado, abriendo las puertas a la iniciativa privada en la gestión patrimonial, con un control efectivo de las otras partes, es decir, comunidad, administración y técnicos. Todos son patas que sostienen una misma mesa; si una falla las otras cojean y se buscan soluciones para volver al equilibrio.
El peligro más inmediato que amenaza a nuestro patrimonio cultural es el olvido, el quebranto de nuestra identidad que nos haga olvidar de dónde venimos y quiénes somos.
Detrás del patrimonio hay personas, y esa debe ser la lucha principal, recuperar nuestra memoria e identidad como comunidad ligada a un territorio que debe ser gestionado por nosotros mismos, pero con el apoyo de los técnicos y las administraciones.
Nuestro deber como ciudadanos es exigirles ese trabajo y fiscalizar todas sus actuaciones con el objetivo de trabajar sobre el futuro que queremos darle a nuestro patrimonio como esencia de nuestra memoria; entre todos construir propuestas de gestión de un territorio que nos vincula, nos da oportunidades y del que formamos parte.

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