Publicado el: 31 Mar 2017

El sentido de las procesiones

Pregón de la Semana Santa de Grado

Por Francisco GARCÍA ALONSO

Catedrático de Química Inorgánica de la Universidad de Oviedo

Sr. Presidente y Sres. Cofrades de la Hermandad del Santísimo Cristo de la Buena Muerte, Sr. Parróco de Grado, Sras. y Sres :

Para mí fue una sorpresa recibir un correo de Beatriz Díaz López hablando de la Cofradía Cristo de la Buena Muerte de Grado y de su interés en que pudiera ser pregonero de la Semana Santa. Tras un momento de vacilación, acepté muy agradecido.

Debo admitir que mi vinculación a Grado era, hasta ahora, tenue pero no desdeñable. Mi primera referencia personal a esta villa viene del que fuera coadjutor de la Iglesia de san Francisco de Asís de Oviedo, el sacerdote don Ángel María Fernández, con quien me une una buena amistad.  Fue diácono en esta parroquia y ordenado aquí por Monseñor Gabino Díaz Merchán en 1972. Después, alguna vez he venido con mi mujer y hemos dado una vuelta por el mercado. Finalmente está mi cercanía a la familia de Beatriz Díaz, compañera de la Universidad de Oviedo, con la que emprendí la tarea de formar una asociación de Profesores Universitarios cuya misión es apoyar la doctrina de la Iglesia desde la vertiente académica. Una de sus hijas estuvo conmigo en Post-confirmación. También tuve más de una conversación con su hijo sacerdote sobre la iglesia y sobre los jóvenes.

De otro lado, siento gran admiración personal por alguno de los pregoneros que me han precedido en el uso de la palabra con los que he mantenido cierto trato. Me refiero a  Monseñor Juan Antonio Menéndez y a la Dra. Isolina Riaño Galán. De ambos solo he oído cosas buenas, sin duda porque los dos son profundamente cristianos.

Confieso que viví mi niñez y juventud en un ambiente donde las procesiones, en general, y las celebraciones de Semana Santa, en particular, formaban parte indisoluble de la vida cotidiana. Tanto en Benavides de Órbigo, donde fui monaguillo antes, durante y después del Concilio, como en el Bachillerato en León o durante mi primera vida universitaria en Valladolid, las procesiones de Semana Santa eran vividas no sólo de forma natural sino con intensidad y seriedad. Cuando llegué a Oviedo en el ya lejano 1982 fue una sorpresa que no las hubiese y también me sorprendió su reanudación con tanta fuerza y vigor. Todo ello me hizo reflexionar sobre el sentido de las procesiones de Semana Santa, reflexiones y pensamientos que quisiera hoy  compartir con todos Vds.

Las procesiones son, en primer lugar, una manifestación externa de la fe de los que las organizan y participan en ella. Una manifestación pacífica y respetuosa, en la que se propone  la contemplación de unas imágenes de gran belleza plástica, que remiten a unos hechos acaecidos hace dos mil años en una provincia remota del imperio romano.

Se trata de la representación (y por tanto predicación) del núcleo de la fe cristiana: “Jesucristo murió por nuestros pecados y resucitó al tercer día”.

Nunca fue fácil predicar el cristianismo. Para los primeros cristianos que conocían perfectamente el horror de la cruz les resultaba prácticamente imposible hacer una imagen del Señor clavado en ese patíbulo. De hecho, las primeras representaciones de Jesucristo en las catacumbas son unas amables figuras del buen pastor.

Decir a los romanos  que el fundador de la nueva religión había muerto en la cruz era extremadamente duro y, para el pensamiento de la época, que admitía la inmortalidad del alma pero no la del cuerpo, la resurrección de la carne era impensable. Curiosamente, los sabios helenistas del momento creían en la existencia de una divinidad trascendente, muy por encima de los simples mortales. Por eso, les parecía pura insensatez que esa divinidad pudiera hacerse hombre y todavía más que muriese en la cruz.  En resumen, tanto la muerte en cruz como la posterior resurrección de Jesucristo, Dios y hombre verdadero, suponían una  enorme dificultad para los paganos mejor dispuestos.

Sin embargo, mucha gente sencilla entendió bien el mensaje porque se ajustaba maravillosamente a la realidad que vivían, a la realidad que todos vivimos: el dolor y el sufrimiento. La figura del Señor resultaba atractiva. Jesucristo era alguien que los podía entender porque había sufrido como ellos. Además, su resurrección, atestiguada por tantas personas honradas y generosas, les daba una fuerte garantía de veracidad. Finalmente, la promesa de una vida eterna feliz, a cambio de una vida honrada, casaba bien con la idea de un Dios bueno y justo, vencedor de la muerte.

El origen de las cofradías y hermandades hay que situarlo en el siglo XV. Las componían laicos que se unían con dos fines, la de apoyarse mutuamente en momentos difíciles (como enfermedades y muertes) y la de experimentar la Pasión de Cristo. El deseo de vivir el dolor de Cristo explica, de un lado, que abunden los Crucificados y las Dolorosas y, de otro, la existencia de penitentes, que se autoflagelaban. (Los penitentes fueron prohibidos después, en tiempos de Carlos III).

Además, las procesiones cumplían otra función, la de ser catequesis vivientes que todo el mundo podía entender y sentir. De esta manera, se fueron introduciendo escenas más complejas: Jesús ante Pilatos, la coronación de espinas, la flagelación etc.

El impulso definitivo se dio en el XVI Y XVII con la Contrarreforma, el gran movimiento de renovación de la Iglesia Católica tras el cisma de Lutero. La Iglesia apoyaba las manifestaciones externas de la fe frente al intimismo protestante y el uso de las imágenes para completar la catequesis de los fieles.

En nuestro tiempo sigue teniendo sentido salir en procesión. En primer lugar, porque las cofradías y hermandades que están detrás de la procesiones son muy necesarias. La fe no se puede vivir aisladamente, sino en grupo. Es verdad que la parroquia ya es una comunidad, pero el grupo pequeño arropa más y, en ocasiones, es insustituible. De otro lado, la labor de evangelización es urgente porque la sociedad en que vivimos cuestiona el núcleo de la fe cristiana.

En efecto, a muchos no les gusta la expresión “Jesucristo murió por nuestros pecados”. Están, en primer lugar, los que rechazan la noción de pecado. No aceptan imposiciones externas. Con ello vuelven a la situación que está tan bien descrita en la narración del pecado original. Están cediendo de nuevo a la tentación de la serpiente: “Seréis como dioses”, capaces de decidir que está bien y que está mal.

Son, por ejemplo, los que atentan de tantas maneras contra la familia y contra la vida. Sin embargo violentar la ley moral, inscrita por Dios en el corazón del hombre, no solo es pecado que afrenta a Dios, sino que es también un atentado contra el ser humano. El pecado no sólo es malo por ser rebeldía contra Dios, sino que, además, destruye al hombre. Y es fácil comprobarlo. Todos los esfuerzos para deshacer a la familia nos están llevando al suicidio demográfico. No tenemos niños.

En segundo lugar están los que rechazan el dolor de la cruz, los que no quieren sufrir de ninguna manera. Y es que, a pesar de nuestros avances, a pesar de disponer de maravillosos calmantes y eficaces anestesias, el dolor y el sufrimiento siguen estando presentes en nuestras vidas. Los hijos nos causan dolor, la pareja nos causa sufrimiento, la muerte nos causa pavor.

Finalmente están los que rechazan la cruz porque prefieren una solución más rápida y, a su juicio, más eficaz. Son los que prefieren la violencia como primera y única solución. Son los que desean acabar con la injusticia liquidando sumariamente a los injustos. Y ello a pesar de la experiencia del siglo XX, donde los regímenes totalitarios que se propusieron  hacer justicia mataron a millones de inocentes y crearon un estado de terror donde la gente era literalmente desposeída de toda dignidad.

Sin embargo, los cristianos, cuando sacamos a pasear por nuestras calles a Cristo en la cruz, anunciamos que nuestros pecados, personales y colectivos, son la causa última de la muerte del Salvador. En palabras de Benedicto XVI, que Dios simplemente no podía mirar para otro lado ante tanta maldad humana.

Lo sorprendente del caso y lo que causa maravilla es que Jesucristo no dice al pecador que tiene que pagar por su pecado, que tanto le hizo sufrir en la cruz. Al contrario, lo que dice  es que,  si se arrepiente de sus pecados Él lo perdona, que, de hecho, ya ha saldado su deuda. Eso sí, el pecador tiene que intentar dejar de hacer el mal y hacer el bien y que, aunque la empresa es difícil, El estará a su lado para ayudarlo. Dios no es enemigo a la puerta, sino Padre amoroso.

Jesucristo agonizante rechazó la tentación de abandonar la cruz, como le pedían los sumos sacerdotes y los escribas. Más tarde, por boca de san Pablo, nos dirá que cualquier sufrimiento unido al suyo tiene valor corredentor. Resulta así que el dolor del que sufre puede ser sumamente valioso.  Más aún, el que sufre, si se une a Cristo crucificado, tiene un gran poder ante Dios para conseguir cosas buenas. Santa Mónica, la madre de san Agustín, es un ejemplo de ello. Pero yo mismo lo he vivido. Varias personas se confesaron antes de morir porque muchos lo pedimos insistentemente, ofreciendo nuestros sacrificios.

Torturado y escarnecido Jesucristo no clama justicia contra los que lo han maltratado, sino que suplica al Padre que los perdone. Incluso promete el paraíso al buen ladrón. Cristo en la cruz  muestra un camino diferente (y eficaz) para salir de la espiral de la violencia: el perdón y la conversión del corazón. La cruz es el antídoto contra el odio.

El mensaje cristiano no se agota en la cruz, sino que tiene su contrapunto en la resurrección de Jesucristo, verdadero fundamento de nuestra fe. Es verdad que creer en Jesucristo muerto y resucitado requiere el don de la fe. Pero la resurrección del Señor es la respuesta más sencilla que se puede dar al comportamiento de los apóstoles. San Juan Crisóstomo lo explica así: algo tuvo que pasarles a los discípulos de Jesús para que después del domingo Pascua se atrevieran a defender con su sangre la doctrina de su maestro muerto en la cruz, mientras lo habían abandonado cuando aún estaba vivo y había esperanza de que hiciese un milagro de los que habían visto.

La resurrección nos abre las puertas del cielo. La esperanza en la existencia de algún tipo de vida más allá de la muerte es una constante de la humanidad desde sus albores. De hecho, el criterio que utilizan los antropólogos para saber si se hallan ante restos humanos (y no de simios más o menos evolucionados) es que haya enterramientos.

Los egipcios desarrollaron un extraordinario ritual y unas tumbas impresionantes para que el faraón primero, y los altos funcionarios después, pudieran gozar de una vida agradable tras su muerte. Sin embargo, tal tipo de vida no debía ser muy atractiva porque los israelitas, que conocían perfectamente los usos y costumbres egipcias, solo pensaron en la resurrección muchos siglos después. En efecto, entre los judíos hay que esperar al siglo I antes de Cristo, para encontrar referencias claras a una vida feliz (o desdichada) después de la muerte; por ejemplo, en el II libro de los Macabeos al describir el martirio de siete hermanos y su madre. En tiempos de Jesucristo los fariseos creían en la resurrección, pero los saduceos no.

Después de la resurrección nuestro cuerpo se parecerá al de Jesucristo resucitado, del que sabemos algo por los relatos evangélicos. De un lado debía tener cierta relación con el cuerpo que tenía cuando Jesús estaba vivo, porque lo reconocen como tal. Pero, por otro lado, tiene propiedades totalmente nuevas, pues es capaz de atravesar las paredes del cenáculo. Y es que la resurrección es una nueva creación.

Alcanzar el cielo no es algo automático. Como se dice bellamente en la misa, el cielo (sólo) está abierto a los que vivieron en amistad con Dios a través de los tiempos. También es doctrina segura la obligación de rezar por los difuntos y es una obra de misericordia enterrar a los muertos.

El cielo es un estado de felicidad perpetua, en el que gozaremos de la presencia de Dios, fuente de toda dicha, de la compañía de la Virgen, de todos los santos y de nuestros familiares y amigos cercanos. Dios que ha hecho millones de galaxias, flores de todos los colores, que nos ha regalado el amor de la madre y las maravillosas puestas de sol, no dejará de sorprendernos  más allá de toda imaginación.

La Semana Santa nos enfrenta a nuestra fe y, con el paso del tiempo, al acercarnos a la vejez y a la muerte es fuente de consuelo, porque da sentido a nuestra vida,  da valor a nuestro dolor y abre un horizonte de esperanza ante la incertidumbre de la muerte. Al salir en procesión anunciamos a nuestros conciudadanos estas buenas noticias. Les proponemos nuestra fe. Les ofrecemos nuestro pequeño testimonio. Pero, sobre todo, somos fieles a Jesucristo que nos envió a predicar el evangelio.

Por todo eso me parece admirable que vuelvan las procesiones, y os deseo de todo corazón que tengáis mucho éxito este año y el que viene y los siguientes. Que el Señor os bendiga.

Muchas gracias

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