Publicado el: 06 Sep 2017

[Necrológica]En memoria del doctor Luis Bello

Luis Bello

Por José María RUILÓPEZ

Luis Bello Aláez (La Coruña, 1936), falleció el día 5 de septiembre de 2017 en su ciudad natal. Estudió medicina en Santiago de Compostela pero desarrolló casi toda su carrera como médico especialista en cardiología en el Hospital General de Asturias en Oviedo. Casado con Ángeles López Álvarez, (Gelus), natural de Teverga, enfermera, deja tres hijos: Cristina, Marisa y Luis Antonio. Luis y Gelus formaron parte de la primera generación de profesionales que pusieron en funcionamiento el Hospital General a finales de la década de los años 60 del pasado siglo, hospital que se había inaugurado en 1961.

Luis Bello fue un especialista de máxima categoría médica, no sólo en lo profesional, sino también, y sobre todo, en lo humano. Nunca quiso tener consulta privada, porque era un hombre de equipo y no se dejaba tentar por la codicia del dinero. Su concepto de vida era la honradez, la disciplina laboral y la dedicación a sus pacientes de todo Asturias, sobre los que vertía sus profundos conocimientos médicos y un humanismo sin fisuras que lo encumbraba como un referente profesional que rebosaba bondad y cariño, que era como un complemento de salud y mejora para todos ellos.

Después de la jubilación alternaba las estancias veraniegas en el pueblo de Guitiriz, (Lugo) donde están sus orígenes familiares, y donde hay un grupo de amigos desde hace muchos años con los que compartía el tiempo en una camaradería apacible, festiva y envidiable, con esa pandilla de matrimonios durante las tardes de ocio y charla. Además de dedicarse a trabajos manuales haciendo de modo minucioso y creativo juguetes, figuras o utensilios domésticos en su taller de carpintería.

Luis junto a su esposa, Gelus

Mientras que los inviernos los alternaba entre Oviedo y Teverga, en cuyo concejo viven muchos de los familiares de su mujer, Gelus, mi tía carnal, donde era asiduo contertulio de largas partidas vespertinas en el restaurante Casa Laureano, y donde era considerado como un tevergano más por todos los amigos que tenía allí, y el afecto que todos le profesaban.

Luis Bello era un conversador ameno, que dominaba todos los temas de actualidad, preocupado siempre  por los acontecimientos sociales y políticos. Fueron muchas horas de charlas con él en las que aprendí medicina, política, sociedad, gastronomía, honradez, conducta cívica y el modo de abstraerse de todo por unas horas contándonos chistes.

Poseedor de un acusado sentido del humor, era un narrador minucioso de  anécdotas y experiencias antiguas, concitando a su alredor a sus amistades y familiares durante horas. Eran únicas sus sobremesas entre risas y ocurrencias. Cada asunto que trataba tenía un chiste para ilustrarlo.

Luis Bello eran gran hombre de los que no llenaban medios de comunicación, ni apariciones públicas, pero de los que dejan ese poso de la elegancia, esa reseña de la dignidad, esa muestra de la modestia, ese silencio de la educación que muy pocas personas son capaces de entregar a su entorno familiar, profesional o amistoso tras su paso por la vida, y que trascienden más allá de su existencia.

Descansa en paz, Luis. ¡Cómo te voy a echar de menos, querido tío!

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