Publicado el: 11 Oct 2017

Reflexiones entretenidas entre sidra y hojas caídas

Por Luis GARCÍA DONATE

Pasó septiembre, los nervios y los percances de la vuelta a la actividad, todo ello más llevadero gracias a las fiestas de San Mateo, que como todos los años, se agradecen infinitamente. Una vez más , estoy de vuelta, con otra de mis extravagantes disertaciones sobre Dios sabe qué. Señores, prepárense que vienen curvas, empezamos.

Este mes entra el otoño, estación laboriosa para todo bicho viviente, burros de dos patas incluidos. Son las semifinales de cara al invierno y los árboles, testigos silenciosos de cuanto acontece en mis dominios, se disponen a alfombrar los caminos con sus hojas un año más. Qué paleta de colores se pierden los urbanitas cada época del año tiene su color y su música particulares. La estación que nos ocupa, como todas en mi bucólico estilo de vida, invita a la meditación y a la tertulia. Es tiempo de sidra, ese brebaje bárbaro al que los griegos llamaron zythos  y que nuestros antepasados consumían con fervor. En estos ambientes tan rurales, cada quién se hace con su propia provisión, o bien por producirla, o por recibir un par de botellas de manos de un buen amigo, la sidra dulce es como el oro, capaz de forjar alianzas indestructibles o de destruirlas para siempre, todo depende de la moderación del consumidor.  Además es un gran complemento para las tertulias, pues de tanto hablar, se le acaba secando a uno la boca.

Antes de despedirme quedando, como siempre, a vuestro servicio quisiera daros un consejo  a la altura de las reflexiones del gran rey Salomón. En la medida de lo posible, procurad encarar el otoño con optimismo y cuando la rutina os sobrepase, haceos con un buen vaso de sidra dulce y bebedla con la mirada perdida en las dorada copas de los árboles mientras vuestra mente viaja a otras épocas en las que todo era más sencillo.

 

Deje su comentario

Diario digital del Camín Real de la Mesa