Publicado el: 02 Nov 2017

Viejas historias

Por Luis GARCÍA DONATE

Como hombre de campo que soy, siempre estuve en contacto con viejas historias y cuentos, de esos que se cuentan una tarde de tormenta, al calor de la lumbre mientras se revuelve el arroz con leche.

Dicho esto, recientemente tuve el placer de escuchar una que me era desconocida, quizá no lo sea para alguno de nuestros queridos lectores, pero he de decir que me gustó. Un hombre sabio dijo una vez que las historias son como el abono, deben esparcirse para que fructifiquen debidamente, por lo que considero que es mi deber contárosla.

“ Hubo una vez un príncipe que se enfrentaba a la ardua tarea de encontrar esposa, siendo él un hombre pulcro en extremo, consideró que la limpieza era el requisito indispensable en la mujer con la que debería compartir su vida y su reino. Resuelto a encontrarla, partió una mañana montado sobre un penco y cubierto por una capa raída y como si de un mendigo se tratase fue parando puerta por puerta en todas las casas de su feudo. Cuando las damas  abrían la puerta preguntaba:

 – Disculpad mi osadía al importunaros buena mujer, mas mi cabalgadura está famélica y busco forraje. No os llaméis a engaño, es una montura singular, solo come una hierba especial que brota bajo las camas y en rincones oscuros, unos brotes suaves y grises como rayos de Luna.

 A lo que la mujer contestaba:

 – Claro que tenemos, a montones, servíos vos mismo

 Lo que estas nobles señoras ignoraban es que no existe tal hierba, no es sino polvo y pelusas, por tanto, su existencia las descartaba como candidatas a ojos del príncipe. Continuó haciendo la misma pregunta a lo largo y ancho de sus tierras hasta que un día una hermosa lavandera le respondió:

 – Disculpe vuesa merced nuestra pobreza, pues por no tener, no tenemos ni polvo

 Y así encontró a su esposa y a su reina y vivieron en paz, colmados de bendiciones, una larga vida”

 Ahí la tenéis, solo deseo que este humilde bardo conozca bien su oficio y os haya gustado, toda buena historia debe ser capaz de conmover el corazón. Sin más que contar, me despido.

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