Publicado el: 06 Dic 2018

Prevenir futuros desastres

Por José María RUILÓPEZ

Como decíamos el mes pasado, hay que cuidar los cauces sociales que facilitan la vida en los pueblos. La experiencia de la nevada de hace un par de meses nos tiene que servir de aprendizaje para que la autoridad competente esté en condiciones de prevenir situaciones como la citada. La solución imperiosa, y, creo que provisional, como fue la limpieza de caminos, carreteras y zonas de uso diario de la gente no debe ser la costumbre obligada futura. Esa provisionalidad puede ser algo necesario en un momento dado, pero que debe hacer reflexionar a las administraciones para que no sea el pueblo, la gente, los perjudicados, quienes tenga que solventar sus problemas con la buena voluntad y el esfuerzo que han demostrado, sino que hay que exigir que se rectifiquen los errores cometidos por los entes público y algunas empresas privadas.
Que no pase el tiempo, que dicen todo lo cura, y volvamos a los de antes. Otra situación como la vivida por los residentes en zonas altas de los Valles del Trubia y otras localidades asturianas no se pueden permitir. Todavía están en la memoria de los afectados las pérdidas de patrimonio y enseres, y las situaciones angustiosas que han padecido muchas personas. Que gracias a la previsión particular de muchos, acostumbrados a la vida rural de alta montaña, han paliado de alguna manera ese problema que les llegó de repente.
Los ríos siguen siendo la asignatura pendiente de las administraciones regionales y la Confederación. Las lluvias que todavía tienen que caer y los deshielos que tienen que venir van a dar la medida de lo que se hizo o de lo que no se hizo. Da la impresión de que la dejadez es la impronta que se mantiene en este asunto. Esa estrategia de permitir que el tiempo vaya amortiguando la reclamación y suavizando los enfados. Pero de esa manera no se previenen los problemas.
Hay un esfuerzo importante en muchos colectivos cívicos y públicos en los concejos para que los pueblos no se vengan abajo, no se conviertan en esos lugares que se venden al mejor postor, porque sólo hay cuatro casas medio desvencijadas y sin nadie que viva en ellas desde hace años. Pequeñas poblaciones que ni tienen un bar para la reunión de la parroquia, o los servicios son deficientes, donde las comunicaciones telefónicas hoy ya son una necesidad de uso casi general, que no sólo sirven para solventar situaciones de enfermedad o de peligros naturales, sino que también son un divertimento y una forma de tener más cerca el resto del mundo.
Para atraer a la gente a los pueblos hay que darles, por lo menos, lo mismo que tienen en otros lugares. Nadie cambia lo bueno por lo regular o lo malo. Y eso en todos los ámbitos de la vida diaria: vivienda, servicios, ciertas comodidades, diversión y calor humano. De lo contrario, el goteo de gente que se va a las ciudades no se detendrá. Y vivir sólo de las visitas de fin de semana, como ahora, no debiera ser el límite al que pueden aspirar muchos pueblos.

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