Publicado el: 21 Nov 2019

El prisionero número 4.122

Rosario, hija de Manuel Sánchez López, de Castañedo, visitó Mauthausen con su madre y pudo reconstruir el asesinato: “le lanzaron los perros”

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Rosario Sánchez. En primer plano un telegrama enviado por su padre a través de la Cruz Roja Internacional. Al fondo el nieto y el biznieto de Manuel Sánchez.

L. S. Naveros / Grado
“Había leído mucho, me había preparado muy bien para ir allí. Pero nada te prepara para ver Mauthausen, ese enorme muro de granito gris frente al que te sientes como una pulga junto a un elefante. Da temor, da frío. Da una sensación muy mala”. Rosario es hija de Manuel Sánchez, pero nunca le vio. Nació en octubre de 1937, y la Navidad de ese año su padre, que había sido herido en un pulmón en la guerra, fue evacuado junto a otros pacientes del hospital en el que estaba ingresado, y trasladado a Francia. Nunca llegaron a reencontrarse, aunque su padre murió en 1942, cuando ella ya tenía cinco años. Guarda las cartas que desde Francia Manuel le escribió a su madre, Luzdivina, y algún telegrama que les llegó a través de la Cruz Roja Internacional, preguntando por la nena. “No he sido capaz de acabar las cartas, me da demasiada congoja”.
Rosario visitó Mauthausen y otros campos de concentración nazis en los años 80, junto con su madre. Necesitaban despedirse de Manuel. “Ella se quedó sola conmigo con 22 años. Estaba muy unida a mi padre, pero nunca le volvió a ver. Cuando cobré la herencia de mi abuelo paterno, en los años 80, la gasté en llevarla a Alemania”. En aquel difícil viaje pudieron reconstruir el final del preso 4.122, el número que recibió Manuel cuando llegó al campo. Y ello porque en la expedición al campo, organizada por la asociación Amical, coincidieron con un exprisionero murciano, que sobrevivió y que había sido testigo de la muerte de Manuel. Rosario no puede recordarlo sin lágrimas en los ojos: “Nos contó que ya estaba muy mal, estaba musulmán, como llamaban allí a los que no podían casi ni caminar. Eran ya como muertos. Echó a andar campo alante y le lanzaron una ráfaga de ametralladora, que le dio en medio del cuerpo, pero no le mató. Seguía vivo, y entonces le lanzaron los perros”.

Manuel Sánchez López

Era el 18 de noviembre de 1942. Manuel tenía 28 años. Había nacido 1914 en el pueblo de Castañedo, muy cerca de la villa de Grado, en una familia de varios hermanos, en la que el mayor había emigrado a Cuba. Tres de los hijos de la casa murieron en la lucha contra el fascismo: dos en Asturias, “uno de ellos está tirado en una fosa en los Niserinos”
Rosario Sánchez habla con rabia del mayor de sus tíos. “Por su culpa yo crecí sin padre, y mi madre me crió sola, trabajando como costurera”. Y es que le pidieron, cuando Manuel estaba prisionero en Francia, que lo reclamara, “se podía hacer con familiares directos”, lo que lo hubiera sacado de la guerra que se vivía en Europa. “No quiso. Tenía una gran empresa y decía que con él no quería comunistas”.
En Francia, según los testimonios que recibió la familia, “lo trataron muy mal, trataron muy mal a los españoles”. Estuvo en el campo de la playa de Argeles, y luego, estallada la guerra mundial, fue movilizado, para acabar siendo deportado al campo de Mauthausen. “Cuando estuve allí metí una mano en el horno crematorio, y me llevé cenizas y polvo. Ahora están enterradas con mi madre”.
Manuel Sánchez López no se extinguió en el campo Mauthasen: tiene un nieto, Lolo, y un bisnieto, Nel. Ambos llevan su nombre.

Expediente del fallecimiento de Manuel Sánchez López de los archivos del campo de concentración de Mauthausen/ Documentación obtenida por Esther Martínez

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