Publicado el: 13 Dic 2019

Morir en soledad

Por Beatriz ÁLVAREZ

En la España vaciada, siempre hay alguien pendiente de las chimeneas de los otros. Últimamente desayunamos cada día con el descubrimiento de gente mayor muerta en la ciudad o con intervenciones de los bomberos para rescatar a personas que viven solas. Estos sucesos tremendos ponen el foco de atención en aquellos que, por elección o por obligación, están en situación vital de soledad. Tomar conciencia de esta realidad seguramente pasa porque el Estado Social y de Derecho “que tenemos” revise y arbitre más y mejores medidas de vigilancia, protección y atención a estos ciudadanos, desde el respeto a su soledad e independencia siempre que sea elegida. Mientras tanto, donde no llegue la Administración, igual tenemos que recuperar el sentido de tribu. La soledad no solo se predica de lo rural y quizás, sólo quizás, vaciar los pueblos y superpoblar el asfalto tenga mucho que ver con esta ajenidad, falta de arraigo y ausencia de sentimiento de pertenencia al grupo que tanto se da entre los urbanitas que con mucha frecuencia miran/miramos para otro lado ante lo que no nos gusta.
Pero no mirar o mirar sin ver no hace desaparecer los problemas. Así a la vuelta de unos años con el aumento de la esperanza de vida y el descenso vertiginoso de la natalidad las pirámides de población tendrán una lectura complicada y la preocupación irá mutando, y no serán solo las pensiones, sino la imposibilidad de encontrar quienes se dediquen a los servicios sociales.
Y no será distópica una sociedad en la que no haya manos que cuiden porque cuidadores y dependientes tendrán idéntica edad. Cada muerte en soledad es una herida abierta que nos desangra como grupo, como sociedad y como sistema. Algo está fallando.

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