Publicado el: 01 Feb 2020

Una torre solitaria

Luis GARCÍA DONATE

Dios os guarde gentiles damas y nobles señores, como cada mes este vuestro humilde servidor está de vuelta con historias para vuestro deleite y alborozo. Como ya habrán deducido los más avispados por el tono medieval, lo que hoy leeréis se sale de lo ordinario. Así que acomodaos y disfrutad, esto empieza.

Cuentan las trovas desde Provenza a Bagdad, sobre un bravo caballero de las Asturias de tan encumbrada cuna, fuerte brazo y noble corazón que conquistó el amor de una reina, fue caudillo de poderosos ejércitos e incluso algunos cuentan en tono de leyenda que bebió del Santo Grial. Lo que sí es cierto es que la fortuna es veleidosa y la balanza de la vida no tardó en volverse contra nuestro héroe por los malos quereres de un cortesano cobarde. Muerta la reina por unas malas fiebres, su hijo subió al trono, un joven altivo y receloso por ser un hombre falto de verdadero valor, se dejó aconsejar por su camarilla y decidió arrebatar al noble señor todo lo que era suyo. Este, como era de esperar, bramó a los cuatro vientos que no serviría a un rey sin honor, pues la orden de la corte, más parecía cosa de ladrones que de caballeros de tal nombre y tras ese juramento, se convirtió en un rebelde que con sus mesnadas masacraba a toda tropa que el rey enviaba en su busca. Así estuvo varios años, perdiendo castillos, ganando batallas, y enviando a la corte las cabezas de todos los mercenarios que el rey enviaba a por el con unas escuetas letras en un pergamino “Venga vuestra majestad en persona si es que de verdad conoce el valor “. Cuando ya eran varios inviernos los que se habían teñido de sangre por esta causa de estas luchas, el buen caballero se había retirado a su última fortaleza con todos sus hombres, un solitario torreón en una escarpada montaña, su última baza para vencer al rey que en esta ocasión, herido en el orgullo cabalgaba a su encuentro. Llegaron una mañana cubierta de niebla entre los castaños y las hayas, con clarines y atabales, como fantasmas. “Buen conde, aquí está León como pidiérais tantas veces, bajad de las almenas” dijo el rey ufano y pagado de sí mismo. “No me bato con villanos, majestad, que roban en vez de tomar en buena lid, no sois sino villanos y fieras, menos que bestias para cazar y a tales engendros, el arco y no la espada , los ha de matar”. Y con una carcajada disparó una flecha tan certera y bien dirigida que descabalgó al rey entre gritos de dolor. Ante la visión de su señor herido por arma de plebeyos, el ejército se retiró y decidió rendir la fortaleza por hambre, visto ese particular, el buen señor decidió capitular y entregarse a condición de que se respetase la vida de sus hombres. De allí salió, la mirada serena y la sonrisa franca, una fría mañana, cubierto de cadenas, pidiendo al rey partir al exilio a la frontera, para servir a la cristiandad combatiendo contra los agarenos con los monjes guerreros. Allí cuentan que acabó sus días en esa salvaje tierra de nadie, con la espada y el caballo como único patrimonio y la cruz como estandarte, unos dicen que cayó a manos de una flecha, como castigo por sus pecados, otros que encontró la paz en la fe, pero todos aseguran que hasta en la muerte fuese cual fuese, conservó su honor.

Espero que haya sido de vuestro agrado como de costumbre esta historieta caballeresca como las que tanto disfrutaba nuestro buen Don Quijote. Como siempre ha sido un placer, hasta la próxima vez, quedo a vuestro servicio.

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