Publicado el: 12 May 2020

Dialéctica o barbarie

Santiago MENÉNDEZ

Navegando por la red, actual modelo superlativo de convivencia humana, resulta imposible huir de la tempestad desatada desde el congreso de los diputados. Por más que largo trapo, la tempestuosa bronca parlamentaria amenaza con malograr mi singladura, intentando arribar a medios de comunicación o redes sociales que se erijan cual puerto salvador en medio de la desmesurada galerna.
Resulta pues, imposible evadirse de la furibunda escaramuza de sus señorías; que habiendo traspasado hace tiempo la barrera del decoro se lanzan insultos sin cuento, compitiendo entre ellos por ver quien resulta más chistoso en su burla del rival, por ver quien apadrina en meme o gracejo del momento.
Ante este panorama, al igual que un buen comandante haría con su navío, debemos razonar gravemente sobre los derroteros que seguirá nuestra opinión al respecto, en definitiva, emitir cada cual su juicio de valor sobre el deterioro a que sus señorías someten el prestigio de la política patria.
Trataré de explicar en estas breves líneas cómo la política española muestra de nuevo síntomas agudos de su enfermedad incurable: la escasa calidad intelectual de sus actores, de sus políticos. Observaba Ortega y Gasset que «la falta de una minoría dirigente ilustrada capaz de tomar decisiones firmes y eficaces» se hallaba siempre en el epicentro del terremoto que una y otra vez termina por malograr los planes de España, cuando se encuentra a punto de avanzar en la construcción de su libertad y su progreso.
Inspirándonos en la Real Academia Española (RAE) podemos definir la dialéctica como “una relación entre opuestos que discurre con un método de razonamiento desarrollado a partir de principios”. En virtud de este concepto, asumiéndolo como eje fundamental de nuestro análisis, debemos indagar acerca de los principios que nutren la razón de los mencionados políticos. A buen seguro que no hallaremos más contenidos en sus discursos que en un combate de boxeo, o lo que es peor, en una pelea callejera ausente de toda regla. Llama especialmente la atención ver como muchos parlamentarios interpretan un personaje que a todas luces ha sido ensayado, como utilizan métodos de manipulación de masas maquiavélicamente planificados por sus asesores, elevándose hasta el infinito la indignación, cuando recordamos que los susodichos asesores perciben honorarios emanados del erario.
Hace que hierva la sangre asistir a la representación perfecta de un número circense amplificado hasta el infinito por medios de comunicación afines y redes sociales, pero hierve más aún, hasta el punto de cocinar los sesos de un lúcido espectador, cuando observamos cómo nuestros amigos y vecinos toman partido en la función lamentando o celebrando las intervenciones de cada cual, según sea el bando representado.
Tenemos hoy en España una política polarizada, maniquea, que se presenta ante el pueblo como una mortal dicotomía entre buenos y malos, dejando de lado las verdaderas razones de lo que sus actores deciden, distrayendo la atención entre bravatas y gracejos. La crisis que vivimos actualmente, la pandemia del coronavirus y sus consecuencias socioeconómicas debe solucionarse desde una dialéctica de solidaridad y transparencia. Los políticos deben salir a la tribuna y explicar con claridad su modelo para gestionar la crisis y superarla, sin dobleces, sin provocaciones tabernarias y sin tampoco entrar en ellas cuando el rival las utilice. En caso de existir la dialéctica reclamada en estas líneas, deberíamos asistir a un debate entre derechas e izquierdas que contrapongan sus tesis. Quizá, me atrevo a filosofar, defendiendo la empresa y el capital como eje fundamental de la economía, los primeros; y defendiendo las personas, la solidaridad y la justa distribución de la riqueza, los segundos. Con el prisma ofrecido en estas líneas, debiéramos encontrar el criterio para establecer qué lado de la historia ocupará cada parlamentario, el de los arribistas, profesionales del funambulismo político, hombres y mujeres de tramoya; o el de los hombres y mujeres de estado, aquellos que consideran y ejercen la política como la procura de un mundo mejor.

Comentarios:
  1. Pilar López García dice:

    Más claro agua. Vivimos un deterioro de la política, que afecta a toda la sociedad. Para cualquier trabajo se exige un cierto nivel, mientras al parlamento entra cualquiera

  2. Melchor Castañón dice:

    Comparto lo escrito. Ya no hay Políticos, no tenemos Líderes (sí, con mayúscula, que de los otros nos sobran), y para colmo al pueblo llano se le ha estado privando de la necesaria formación social, ética y política que podría ayudarle a elegir a sus líderes más capacitados y fiables. Somos lo más parecido a un rebaño sin pastor, en manos de una jauría de lobos solo preocupados por su porción de poder. Y así solo damos coces contra el aguijón.

  3. Observador dice:

    Comparto plenamente este pensamiento pero, lamentablemente, soy tremendamente pesimista. Lo soy, porque parece incorregible esa especie de «forofización visceral» de nuestra sociedad que conduce a ver siempre «penalti» en el «área contraria» y a mirar a la nuestra como el paradigma de la excelencia en la ética, la bondad, el espíritu crítico y también en la inteligencia y el conocimiento.

    Soy pesimista porque siento que las dos Españas, ese histórico cáncer que algunos, ingenuamente, creíamos superado, parecen manifestar ahora una virulencia tal que, de no atajarla, podría acabar siendo más letal y perniciosa que la propia COVID-19 que tanto nos angustia en estos tiempos.

    Pasará el tiempo y seguiremos lamentándonos de lo mismo. Nos convocarán a las urnas y votaremos una vez más a «los nuestros». A lo sumo nos abstendremos amparando nuestra decisión en el argumento de que «todos son iguales».

    Seguiremos legitimando el deterioro inevitable e imparable de seguir manteniendo en sus cargos a «los de siempre», a los «profesionales del asunto» que legislatura tras legislatura seguirán encontrando su hueco en las listas por mor de sus lealtades y adhesiones inquebrantables al líder de turno.

    Seguirán con sus prebendas obviando abundantes y manifiestas incompentencias que los ciudadanos de a pie solemos ver casi siempre en «los otros» y casi nunca en «los nuestros». Se acrecentarán las vías de agua y aumentará el riesgo de hundirnos… por culpa de «los otros».

    Ojalá algún día, podamos encuentrar aquel «hombre honesto» (hombre o mujer, por la moda del lenguaje inclusivo) que ya buscaba Diógenes hace veintitrés siglos y ojalá también nos caigamos del caballo y, al golpearnos la cabeza, se despierte nuestro espíritu crítico y podamos empezar a ventilar y limpiar lo pernicioso de «los otros» y también de «los nuestos». Empezar a pensar «todos en todos» y buscar soluciones «todos con todos», «entre todos», hoy por hoy, me parece misión imposible.
    ¡Que Dios me perdone el pesimismo!

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