Publicado el: 24 Sep 2020

Bienvenidos al Paraíso

Juan Carlos AVILÉS

Salvo en el caso de Trump, que es así de feo, al personal que practica el esquí se le reconoce por tener todo el rostro bronceado menos el contorno de los ojos, justo donde se acoplan las gafas antiventisca. Este verano, a los que han librado del varapalo económico de la pandemia y han podido salir de vacaciones, se les distinguirá justo por lo contrario: moreno de nariz para arriba y paliducho en el área que cubre la mascarilla. También se les reconocerá por el saludable buche que proporcionan la sidrina, les fabes y el cachopo, pero esa ye otra historia. Lo que parece haber quedado patente es que los afortunados veraneantes han venido a parar todos a Asturias, por aquello de librar de las aglomeraciones, respirar aire de Picos y zambullirse en las olas sin apenas limitaciones de aforo. Así que el resultado ha sido impredecible: más turistas que nunca (eso sí, todo producto nacional), más atascos que nunca, más autocaravanas que nunca y, como feliz contrapartida, mejores cifras que nunca en la cuenta de resultados de los negocios hosteleros supervivientes de los forzados cierres del confinamiento, y que, muy probablemente, no vuelvan a levantar cabeza. Y en lo de los rebrotes, repuntes y repámpanos varios, como el aluvión de empadronamientos en las segundas residencias por si la cosa se pone fea, ya no entro. Antes de esta pesadilla que se muerde la cola –de la que no se sabe cómo, cuándo ni por dónde saldremos– el turismo representaba nada menos que el quince por ciento del PIB, generaba unos ingresos de casi doscientos mil millones de euros al año y alrededor de tres millones de empleos, muchos de ellos estacionales, pero que aliviaban la EPA (encuesta de población activa) en el otoño y ayudaban a mantener al gobierno de turno en sus codiciados escaños. Este año no va a ser así, por mucho tope ocupacional de alojamientos y manjares de la tierrina que se hayan consumido. Y a lo mejor esas cifras no vuelven a recuperarse porque la ‘nueva normalidad’ va mucho más allá de un circunstancial bache epidémico, económico y social. El cambio de paradigma es un hecho, y cuanto antes nos vayamos adaptando a ello antes empezaremos a ver un atisbo de luz al final del túnel en cuya salida el paisaje no va a sernos del todo reconocible. Así que, paisanas y paisanos, habrá que aprender a diversificar, a no poner tantos huevos en la misma cesta y empezar a cambiar de registro porque la gallina áurea no da para más, ni siquiera para los dueños del corral. Seguramente el resultado de ese cambio no lo veamos nosotros, ni nuestros hijos, ni tal vez nuestros nietos. Pero si realmente nos importa su futuro debemos comenzar a cambiar el chip ahora. Y, con un poco de suerte, el mundo que se avecine sea un poco mejor que el que queda atrás. ¡No todo va a ser pesimismo, ho!

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