Por José María RUILÓPEZ, escritor
A lo largo de la historia hemos visto a personajes de relieve consumir estupefacientes. Tal vez uno de los más conocidos sea Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, que fue durante un tiempo defensor de la cocaína, hasta que descubrió sus efectos maléficos para el cerebro. O Thomas Alva Edison, el descubridor de la lámpara, que tomaba vino con cocaína. O, más recientemente, el conocido empresario del informática, Steve Jobs, fallecido a los 54 años, confeso consumidor de LSD. En España hubo una explosión de consumo de drogas en la década de los setenta y ochenta, se popularizó aquel slogan: “sexo, droga y rock and roll”, que desembocó en lo que fue llamado, “la movida madrileña”, que se extendió por todo el país desde las ciudades a los pueblos. Esa proliferación de libertad indiscriminada convirtió a los más espabilados dentro de aquel movimiento musical y festivo en célebres y adinerados, mientras que los más incautos cayeron en las redes de las drogas y allí quedaron aprisionados para siempre. No fue un efecto temporal porque, a partir de entonces, la droga se instaló también en la España rural con todo su efecto destructor. Un ámbito geográfico del que no se han escapado los Valles del Trubia. La búsqueda de nuevas experiencias, la noche con su complicidad envolvente, el compadreo con su imitación sin paliativos de ninguna clase, y un cierto descontrol institucional, han dejado, y siguen dejando, un reguero de secuelas de doloroso efecto y complejo futuro. No cabe señalar ni hacer recuento de situaciones lamentables. Pero las libertades mal distribuidas por los poderes públicos, la pasividad muchas veces excesiva de las autoridades, la libre interpretación de los derechos y obligaciones, el adormecimiento de las fuerzas vigilantes, además de un costumbrismo enajenante, cómplice y secreto, han llevado a una parte de la juventud a unos derroteros de difícil resolución. A la vista de lo cual, cabe pensar, que hay como un pesimismo y un abandono al destino, tal vez influido por las peñas envolventes que dan los hechos como naturales sin que nadie se preocupe de atajarlos con decisión y ejemplo.
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