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Tierra, agua, fuego

Por José María RUILÓPEZ

Hace años que escribí sobre el fuego, “todos los fuegos, el fuego”, que diría Julio Cortázar en su conocido cuento. Estamos atrapados entre la tierra, el agua y el fuego. Los fuegos de las últimas semanas han diezmado las colinas de algunos municipios de la comarca. Cuando voy a Teverga en el otoño, siempre admiro esas laderas de boscaje de pinos ladeados por el viento y engatusadas por la brisa en abanico simulado. Los últimos fuegos han embadurnado de oscuridad y rapiña esos campos que bordean las veredas y se dejan caer sobre el río.


El fuego, que en otro tiempo fue luz, calor y defensa ante las fieras, ahora es un demonio que se asoma a las ventanas con sus ojos de bestia herida con ansias de devorar todo lo que encuentra. Han cambiado las necesidades, pero no los efectos. El fuego es fuego por sí mismo. Está vivo, aunque oculto en su letargo de agobio. Pero siempre hay alguien que le acerca ese despertador maligno y cobarde de la provocación para iniciar un incendio allí donde más daño puede hacer.
Siempre hay un culpable cuando el fuego arrasa. Puede ser la climatología, los hombres, el descuido o la mala suerte. En cualquier caso, las consecuencias siempre son dolorosas. Sobre todo cuando arrasan las viviendas rurales. Aquellas que atesoran dentro los recuerdos ancestrales de las familias. Los animales domésticos atrapados en su propia estabulación mullida y cálida. Y que dejan a la gente a la intemperie doblegada por los sinsabores y la codicia ajena.
El agua no siempre es cómplice de las personas. Ella sigue sus propias pautas aéreas, recostada sobre los cirros y los cúmulos. Parece que hay una coincidencia maléfica y casi predecible entre la sequedad y el fuego. Como en estas últimas semanas en pleno otoño, donde el viento se hizo rebelde también, y que encontró en las incipientes llamas motivo de alborozo y ocasión para manifestación de poder y desastre.
No son la tierra, el agua y el fuego enemigos por sí mismos del hombre. Es el propio hombre el que se abandona, el que desprecia, el que se ve superior y se siente propietario. Buscar un equilibrio entre la belleza del campo, la utilidad de sus frutos y la protección y cuidado de sus bienes no parece tarea fácil a la vista de lo que sucede en cada sequía.

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