A los de Grado nos llaman “moscones” y este gentilicio está tan arraigado y asumido que nunca se emplea el de “gradenses”. Existen diversas especulaciones y leyendas sobre el origen de este apelativo. Algunas son tan simples como que gritamos tanto que parece que zumbamos y otras cuentan que durante la Guerra de Independencia, allá por 1808, las tropas de Grado moscamos, es decir, que nos espantamos, que echamos a correr y “huimos como moscones”, en definitiva que fuimos unos cobardes. Tamaña ofensa hay que negarla aunque sólo sea por preservar nuestro orgullo colectivo. Otra versión sitúa el origen también durante la francesada, cuando los milicianos de Grado hicieron frente a los invasores en el angosto paso de Peñaflor, haciendo silbar sus balas como moscas.
Más allá de leyendas vayamos con los hechos históricos que aporta la documentación medieval recopilada por el filólogo Xosé Lluis García Arias. Pues bien, en esta documentación del siglo XII aparece repetidamente un personaje importante en esta zona (que por aquel entonces se llamaba Prámaro y no Grado) llamado Suero y cuyo cognomen era Mosca, apelativo que luego se generalizó a toda su familia.
Antonio Villabella Patallo va más allá en su libro El Linaje de los Miranda y especula con que el rey Alfonso VII pudo entregar a este Suero Mosca unas tierras, la villa de Grado, como pago por los servicios prestados en el contexto de la guerra contra Gonzalo Peláez, el conde de Coalla. Los campesinos y gentes de estas tierras, vasallos por tanto de Suero, serían llamados desde entonces moscones.
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