Andaba uno dedicado al 50% en cuerpo y alma de visita turística por Medina Sidonia, una población cimentada sobre los restos de una antigua ciudad romana, uno de esos lugares entrañables donde las casas y edificios se empapan de blanco para dar cobijo a sus moradores. Hostigados durante siglos por la rapacidad de los terratenientes, el viento y el sol de Cádiz, ahora sortean la crisis como pueden: «con un poco de aquí y un poco de allí, así vamos tirando, quillo». No tienen un turismo de primera línea de playa, pero el vino de la tierra, las tapas y la risa andaluza sirven de aderezo fresco a la Historia grabada en la piedra y en las costumbres.
El otro 50% indagaba en la actividad de un Ayuntamiento gobernado por el mismo partido al que pertenezco, con la intención de encontrar alguna línea de actuación que, siendo susceptible de trasladarse a nuestro concejo, sirviese para mejorar algún aspecto del municipio. En otras palabras: a ver si se podía copiar algo.
Me llamó la atención que, con una población similar en número de habitantes al concejo Moscón, destinasen 600.000 euros a un Plan de Empleo Local. Y quise saber dónde conseguían el dinero y por qué destinaban esa cantidad, tan elevada aparentemente, para contratar gente del municipio. Salí rápidamente de dudas: el dinero procedía del viento.
La compañía que explota los aerogeneradores instalados al norte de la capital paga al Ayuntamiento una suculenta tasa, y en una zona con un 40% de paro la prioridad del Equipo de Gobierno es asegurar a sus conciudadanos unos ingresos mínimos que les permitiesen cubrir las necesidades básicas.
Me pareció que el Alcalde de Medina Sidonia mantenía un compromiso con la gente de su pueblo; toda una generación había crecido con él. Incluso había llegado a desplazarse al extranjero, compartiendo viaje, alojamiento y resto de condiciones de vida con ellos, para intentar mediar como principal representante del Ayuntamiento en la búsqueda de trabajo, generalmente temporal y relacionado con la agricultura.
El sábado por la noche después de cenar apetecía tomar un gintonic. Manuel Fernando, que así se llama el Alcalde, nos acompañó a un bar en el que al parecer, a consecuencia de la crisis, habían bajado los precios para mantener la clientela.
«Que sepas que te voté, pero como se te ocurra recortar en fiestas no te vuelvo a votar», le espetó con cierta vehemencia un vecino de los que estaba trabajando en el plan de empleo. Y comprendí por qué muchas veces las prioridades de la gente no coinciden con las de los políticos.
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