Todo eso andaba yo barruntando al volver de la capital de achuchar a la familia, añorando mis verdes praderas y feliz de perder de vista tanto ajetreo, locura y despropósito, cuando un número de la benemérita, también verde, me dio el alto: “Se ha saltado usted un stop”, dijo furulento. “¿Quién, yo? Pues habrá sido sin querer, como venía pensando…”, respondí, por decir algo. “¿Y quién le ha dicho a usted que mientras se conduce haya que pensar? Ante semejante argumentación, no me quedó otra que acordarme de su santa madre por lo bajini y recoger el papelito que no pienso pagar, puestos a no pensar. Claro que, por mucho cuchu que le eche, no sé si libraré.
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