Pero dejando a un lado lo que en tiempos de un joven Alfonso XIII se habrían considerado fruslerías de la toponimia, parece que la hazaña de llegar a la cumbre eclipsó una cuestión de vital importancia para cuantos escalan montañas, puesto que, además de la gloria de subir, también está el sosiego de haber bajado sin sufrir ningún percance.
Hago referencia a esta proeza del alpinismo porque últimamente andan un poco contrariados la Federación Asturiana de Montaña, por un lado, y el Servicio de Emergencias del Principado de Asturias, por otro. Y, al parecer, es debido a las tasas que se cobran por los rescates de montaña, sobre todo después de conocerse el caso de un escalador asturiano al que le reclaman 5.960 euros por un salvamento realizado en el Urriello. Tal vez, de existir algún ingenio volador precedente del helicóptero y aplicarse una ley parecida a principios del siglo XX, a aquel pastor paticorto de manos potentes como tenazas le hubiese supuesto la ruina: no el caerse, sino el rescate. Porque la actual ley asturiana dice, entre otras cosas, «que se aplicarán las tasas establecidas cuando las personas rescatadas no llevén el equipamiento adecuado a la actividad». Como el Cainejo subió descalzo, podría interpretarse que el equipamiento no era el más adecuado, ya que no está muy claro si el haber trepado con los pies desnudos fue porque de esa manera tenía mejor tacto para asirse a la peña o lo hizo para no destrozar las alpargatas con la roca abrasiva del Urriello, alpargatas que necesitaba para su trabajo diario.
Son dudas que permanecen sin resolver en torno a aquella mítica ascensión, como la de que en un paso complicado el marqués tuvo que servir de apoyo al pastor en lo que técnicamente se denomina «un paso de hombros»; el caso es que uno se encaramó encima del otro para superar el obstáculo. La clave del asunto radica en averiguar la probabilidad de que la escasa estatura del que se subió encima le obligase a buscar apoyo en la parte más elevada del que estaba debajo. Cuestión que, si se llegara a constatar, sería prueba irrefutable de que al Cainejo sólo se le valoró una de las dos proezas de las que fue pionero. La primera ya la conocemos todos; la segunda, más dudosa, pudo haber sido pisar la cabeza a un marqués conservando la suya más tarde.
Es por eso que en el hipotético caso de rescate, habiendo realizado el sufrido pastor un duro trabajo para coronar el pico, prefiero pensar que el polifacético aristócrata se hubiese hecho cargo de los gastos en acto de agradecimiento por la colaboración prestada. Y quién sabe si hasta le hubiese regalado unas alpargatas nuevas.
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