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Matar al mensajero

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Por Fernando ROMERO

Tengo una compañera de profesión que, aunque de la competencia, hace una estupenda labor informativa en esta comarca. Es rigurosa, meticulosa, trabajadora y honesta… vamos un lujo para esta profesión cada vez más prostituida. Sin embargo, en esa estrechez mental de algunas personas ignorantes, un buen día se le etiquetó de roja. Ya se sabe, cuando alguien es etiquetado muere la razón y triunfa el fanatismo.

Mi colega es, para algunos descerebrados, «fusilable al amanecer». Es lo de siempre, uno cubre la noticia y la escribe con su criterio profesional, que no suele coincidir ni con el político ni con el tribal. Y digo tribal porque algunas tribus de estos lares se dedican a acosar a mi colega en las  llamadas redes sociales porque piensan que los periodistas estamos aquí para trasladar a la opinión pública sus rencillas miserables, sus odios albergados en quién sabe qué rincón de su cabeza, alimentados por alguna carencia infantil y su visión mezquina y limitada de la realidad social.

El periodismo es una profesión en crisis y los buenos periodistas son ya reductos, como aquellas últimas tribus indias americanas en sus reservas. Por eso hacer un periodismo honesto, como el que hace mi colega hoy, en un mundo en el que cada vez se reflexiona menos, en donde el pensamiento crítico ha sido inmolado en el ara del gran espectáculo del panem et circenses, es de una valentía inmensa.

Todo mi apoyo a mi compañera en estos momentos en donde, lamentablemente, sale lo peor de la aldea (ya lo decían los viejos: pueblo pequeño infierno grande). Afortunadamente son una minoría frente a un pueblo generoso, rebelde, inteligente y laborioso como siempre ha sido aquel en el que ella vive desde siempre. Ánimo y… a por ellos, que son pocos y cobardes.

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