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El arte de observar

Por Leduina BLANCO GARCÍA

¿Qué estas pensando? me pregunta facebook, y te respondo que pienso en ti, sí, en ti, que me lees y quiero causarte buena impresión, pero la impregna felina me acecha y esbozo un sentir de indignación y de escrito poco populista.

Cruzo la calle y un gato sale de la nada, me mira y lo ojeo, ambos nos estudiamos sin decirnos nada pero está claro que no nos hemos gustado. Lo respeto y a seguir cada uno su camino, pero algo me detiene, y es ella, una mujer de mirada perdida, de cuerpo encorvado, vestida de surcos con ríos y meandros, venas inflamadas y un temblor arrítmico en sus piernas, que sin sustento, abrazan un cuerpo abatido de heridas de guerra, recojo sus ojos en mis manos pero no están, no me encuentran, y nadie la ve, poco a poco se hace invisible su presencia, se la come la ida, se esfuma ese vuelo de mariposa que ni siente, ni padece.

Y absorta en ella y de forma abrupta me empujan y ahí esta mi felino de mal fario, que pasa ante mi como Rey Soberano y alzado que lo lleva en una caja forrada de algodón o espumillón, quise decir algo reconfortable y mullido.

La joven súbdita me reprende no haber asistido al gatito,que maullaba en reclamo de un pescado o abrazo humano y yo, ignorante de animalismos, no lo vi herido, e ignorante a su encanto, hice camino al andar y solo me adentré en el arte de observar, de escuchar el lamento de una anciana carcomida de polilla, devorada por el alzheimer y su familia por la desmemoria del olvido que no visita, ni llama, ni acoge, siempre hay prisas, rencores, desganas… mientras ella, inerte a la vida, desnuda de humanos, le acaricio sus arrugas y del coma pasa al atisbo de la vida, aprieta mi mano y en un susurro me sorprende con un «Soy Herminia, -Sola? -No, estoy conmigo misma». Y aun así, no es demérito meter en un palacete de cristal y exonerar sus pulgas y coronarlo de bocarte, pues sí, ni lo acogí, ni he llamado a la protectora, pero sí he sido ese ratón qué huyendo del gato por las alcantarillas, he encontrado un dolor silencioso e infernal, el de la vejez desoladora e invisible a la que somos inmunes. El ratón que hay en mi llegó a las cloacas mas profundas e ignoradas, esas que no se limpian porque no se ven, entre fango y estercolero, entre tierra infértil y despreciada, allí….en un banco…allí.

Nos escandaliza un animal desvalido pero nuestro corazón no implora sensibilidad ante la senectud… inmunes al dolor humano… y así es.. ser o no ser… he ahí la cuestión y no es asunto de Estado, sino de humano, que no esquivamos porque según viajamos en años, el único destino fiel.
En un lugar céntrico de la ciudad estaba Herminia y yacía la hipocresía humana que entrega toda su solidaridad a un bendito gato y excluyendo a los gatos que no son blancos ni negros, sino pardos, como Doña Herminia. Dios los bendiga a todos. Amén.

 

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