Categorías: Teverga

El paraíso perdido

El bosque
Anselmo GARCÍA MAGDALENA

A mediados de junio, subía en bicicleta al Puerto Ventana. A la altura de Montegrande me di cuenta de que algunas hayas del borde de la carretera estaban sin hojas o con muy pocas y pequeñas. Más arriba observé que, por todo el monte, había intercaladas numerosas hayas con el mismo problema. También vi que muchas cúpulas frutales estaban caídas y vacías, sin hayucos dentro.

Sentí miedo, miedo instintivo, como si algo amenazara mi vida.

El 14 de junio, envié tres correos electrónicos a la Escuela Politécnica de Mieres, Grado de Ingeniería Forestal, por si les interesaba el asunto y querían estudiarlo. No obtuve respuesta.

A falta de un estudio científico que lo confirme o desmienta, me atrevo a hacer una conjetura sobre cuál puede ser la causa del problema.

Las altas temperaturas en épocas estivales y no estivales, la falta de lluvia y de nieve, repetidas durante años y años, conducen a una conclusión, más clara que “blanco y en botella”. Es el cambio climático.

Ya sabemos que el problema es mundial, pero Asturias no está a la cola en lo que a causas se refiere. Tenemos la mayor densidad de centrales térmicas, Arcelor, Química del Nalón, Industrias Doy, etc. etc. Gijón y Avilés son de las ciudades más contaminadas de Europa. La zona central de Asturias acumula pequeñas industrias, lo que unido a las emisiones de las calefacciones, muchas obsoletas, y a una alta densidad de tráfico, acrecienta el problema. Curiosamente, cuando en Oviedo salta un sensor, la solución no es disminuir el tráfico sino desviarlo para que pase lejos del sensor.

Sorprende la actitud del ecologismo asturianiego: mucha beligerancia en la defensa del lobo, especie en expansión y con buena salud poblacional y los acotamientos de pasto. Ambos temas, de mínima relevancia medioambiental, afectan a los ganaderos asturianos. Poca beligerancia y movilización contra los verdaderos y graves problemas: gran industria, falta de energías limpias, poca y dudosa calidad de los controles. Todo ello responsabilidad del gobierno regional.

No es Trump el problema. Quienes deciden el devenir de un mundo abocado a la catástrofe son los que anteponen su beneficio económico al bienestar general y consiguen mediatizar al poder político. Trump decidió convertirse en títere de sí mismo. Otros, parecidos a Trump, no necesitan hacerlo.

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