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Tribu to the camping

Por Plácido RODRÍGUEZ

Supongo que las circunstancias me hicieron escapar de la gente; aunque creo que a la vez buscaba su contacto, un contacto que no estuviese coartado por muros, espacios ajardinados ni tabiques de habitación, un contacto más primitivo que emana del sentimiento latente que conservamos de cuando éramos tribu. Tal vez por eso, el final del verano lo pasé de camping.
Y en el camping la tribu está muy cambiada. Se han perfeccionado las letrinas, adaptado los rituales a la electricidad, depuesto las normas primitivas de tránsito de hombres y bestias y aceptado el carné por puntos. A pesar de haber amordazado el clamor políglota de los orgasmos, se habla o chapurrea otros idiomas. Se ha conseguido un grado de convivencia intermitente que dura lo que aguanta el buen tiempo, hasta que la climatología adversa nos devuelve al espacio en el que gravita lo más rancio del individualismo del Planeta.
En el camping, los retretes y las duchas comunitarias anulan los recelos de cercanía que nos convierten en extraños. Nadie menoscaba su dignidad por liberar sus flatulencias en la vecindad de los excusados. No se siente vergüenza por abrir los esfínteres sin la coacción del decoro que los constriñe, por suerte Occidente tiene sistemas depuradores que incorporan este tipo de productos escatológicos al medio ambiente.
El camping es permeable al común de las emociones, de manera que el respeto y la buena vecindad logran interactuar con empatía, salvo excepciones transgresoras que pueden generarse por pura inadaptación al medio, a causa de efectos etílico-sicotrópicos o por la gilipollez supina de quienes tratan de diferenciarse altivamente por encima del resto de congéneres que pululan en un entorno de ocio e igualdad.
Y como en medio de ese pulular la cercanía de las parcelas avoca a la relación humana, entablé cháchara con un hombre entrado en edad que había asentido en pasar unos días de desconcierto errante con su familia; a tenor de la afectación de los suspiros que emitía, parecía echar mucho de menos la quietud del sofá y del cuarto de baño de su casa. Y conversamos con acentos bien diferentes: él con un poso catalán sedimentado con los años sobre ese estrato andaluz que se aferra a los orígenes, yo supongo que con ese soniquete asturiano que tanto trabajo nos cuesta despegar de la garganta. Además de las ventajas e inconvenientes del sedentarismo frente al estado nómada en el que nos encontrábamos, hablamos de los caprichos del tiempo y de la impertinencia de los mosquitos, sin entrar en temas más beligerantes, sabedores de la intolerancia de algunas tribus que tocan tambores de guerra con la proximidad de un más que controvertido referéndum.

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