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Tiempo de castañas

Por Plácido RODRÍGUEZ

Noviembre comenzaba a desplegarse como un abanico de olores que despierta en medio del bosque. La leña ardía en la cocina y entregaba todo el calor acumulado en su vida de árbol para acometer la resignación de la ceniza. La fragancia primitiva que nace de la copulación entre la madera y el fuego inundaba cada rincón de la cocina. Escenas que me parecían estampas de un otoño aburrido que se estimulaba a base de anís, historias repetidas y café con achicoria. Hasta que apareció mi abuela para romper el tedio, con el semblante de una heroína con delantal, encargada de sacar las castañas del horno y repartir sidra dulce recién traída del duerno.
Mi boca salivaba como las fauces de un alien goloso, cuando una voz estridente penetró en mis oídos.
—Mejor que el crío no beba sidra, que luego le va a dar cagalera.
Entonces intenté que, por lo menos, me dejaran comer castañas.
—Están muy calientes —dijo la misma voz.
Pude ver como la corteza encrespada de las castañas amagostadas en el horno de la cocina de leña se deshacía como papel de fumar entre las manos curtidas de mi abuelo.
—Hay cosas que uno tiene que aprender por sí mismo.
Las palabras de mi abuelo fueron como el pistoletazo de salida. Me abalancé sobre la bandeja en la que estaban las castañas. El calor penetró mis dedos sin contemplaciones. Abrí las manos y las castañas calientes cayeron al suelo. De nuevo aquella voz estridente.
—Ya te avisé. Ahora pasarán un año más en el Purgatorio.
—¡Por Dios! No le digáis esas cosas al crío.
—Es costumbre en el amagüesto contar historias de fantasmas.
—Calla. ¿No ves que cara está poniendo el pobre? Vamos a dejarlo que beba un poco de sidra.
—¿Fantasmas? —pregunté, después de beber un vaso de sidra dulce.
—No son fantasmas. Cada castaña contiene el alma de un difunto. Cuando la comes se libera un alma del Purgatorio.
—¿Y qué es eso? —volví a preguntar.
Entonces comenzaron a hablar varios a la vez, diciendo cosas como: que era una zona de tránsito, donde van los muertos antes de entrar en el Cielo, el Infierno en la Tierra. Y así, una retahíla de opiniones más.
Puse cara de circunstancias y aproveché la distracción de los presentes, enfrascados en el significado del Purgatorio, para beber otro vaso de sidra.
—Mejor que vayas ya a la cama ¬—me dijo mi abuela.
Desde la habitación pude escuchar que hablaban de apariciones misteriosas y voces que se oían en el cementerio. Soñé con algo parecido a una gran sala llena de castañas que hablaban en idiomas extraños. La sidra hizo de purgante y sentí como se me aflojaba la tripa. Ahora, cuando llega la época del amagüesto, me acuerdo de aquella noche y me vienen a la cabeza imágenes del Purgatorio. Y veo gente desconsolada que padece la injusticia y el horror, a la espera de que mejore la situación, pero no en una dimensión esotérica; siguen aquí, hacinados, en campos de refugiados, en pateras, tras alguna frontera, vivos y en la Tierra.

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