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Mujeres solas que vuelven a casa

Lucía S. NAVEROS

«El feminismo es la idea radical de que las mujeres son personas». Esta certera frase de la feminista afroamericana Ángela Davis apunta al corazón del problema. Parece afirmar algo evidente: claro, cómo no van a ser las mujeres personas, si son la mitad de la humanidad. Sin embargo, algo tan básico, la condición plena de humanas, nos ha sido negado por métodos que en cada época se renuevan. Es decir, las mujeres no somos piezas de caza, ni botín de guerra, ni propiedad de padres o maridos («la maté porque era mía»), ni algo a consumir («me gustan las mujeres, me gusta el vino», cantaba Julio Iglesias, como si se refiriera a una tapa de gambas). No somos musas que inspiramos al artista, ni ángeles del hogar, ni brujas, ni tenemos la obligación de ser bellas, ni nuestro valor reside en ser la madre de, la señora de, la hija de, ni somos incubadoras para gestar hijos de otros. Somos personas, y tenemos por tanto derechos humanos. Entre ellos el de estar en el espacio público, en la calle, con seguridad, de forma que no se nos responsabilice a nosotras si somos víctimas de un delito. Es algo también obvio, pero que ni mucho menos hemos conseguido aún conquistar. Por eso el lema del ministerio de Igualdad («Sola y borracha, quiero llegar a casa»), que ha despertado tanta polémica, apunta a un derecho que las mujeres, como colectivo, aún no tenemos: se nos sigue imponiendo la obligación de «portarnos bien» para «ser respetadas». Cuando nos pasamos en una fiesta, cuando se nos va la mano con la sidra, cuando en un Carnaval nos perdemos de las amigas, tenemos derecho igualmente a nuestra seguridad y a nuestra integridad, y nadie puede culparnos de haber sido víctimas de un delito. (Si pensais que no nos culpan, acordaos por ejemplo del trato social y mediático que recibió la pobre Diana Quer, o la víctima de la manada). Así que sí, aunque suene extraño saliendo de algo habitualmente tan aséptico como un ministerio, y entendiendo que a muchos y a muchas les suene fatal: solas y borrachas las mujeres tienen derecho a llegar a casa.

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