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El viejo peregrino

Luis GARCÍA DONATE

Otro mes más estamos de vuelta en este nuestro querido y vetusto rincón de historias y pensamientos, se acerca el final del año y en vez de hablar de Navidad y asuntos de esa índole os quiero contar una historia de antes, de bastante antes de que tuviéramos la más mínima noción de la Navidad como es ahora. En aquellos tiempos, el hombre temía a la oscuridad y creía que al caer el sol rondaban por ahí cosas mucho peores que el camión de la basura que te despierta con el aviso de marcha atrás. Si os parece, comencemos.

Con el advenimiento del cristianismo, los papas se dieron cuenta evidentemente, de que los pueblos a los que debían evangelizar no iban a estar muy por la labor, como comprenderéis, de cambiar a los que habían sido sus dioses desde el albor de los tiempos por el nuevo y único Dios que aquellos extraños hombres con túnica les mostraban. De tal modo que recurrieron a una práctica bastante sencilla pero muy efectiva a mi entender, colocaron fiestas y costumbres cristianas en el lugar en el que habían estado las de la antigua tradición. De tal modo que aún a pesar de haber nacido Jesús en primavera (si no me equivoco), celebramos su nacimiento en diciembre, puesto que coincide con la antigua festividad de Yule, “la fiesta de la rueda, del fin de ciclo” en la que los paganos festejaban el fin del año y el renacimiento de Balder, el dios del sol y la alegría. Se cuenta que en Yule, Odín el dios de dioses y padre de todos, asumía la forma  de un peregrino viejo y tuerto vestido con un sombrero y una ajada túnica de tal forma que pudiera caminar entre los mortales del Mundo Medio (nuestro mundo) sin levantar sospechas y así iba a parar a una casa al azar, si era bien recibido, esa casa gozaría de prosperidad en el año entrante y si se lo echaba a patadas como el pordiosero que tan astutamente parecía… Bueno, las consecuencias no eran agradables. Con la llegada de las misiones evangelizadoras al norte de Europa se lo asimiló a San Nicolás, se cambiaron las maldiciones o bendiciones por carbón y regalos y acabó convertido en lo que ahora conocemos como Santa Claus. Las vueltas que da la vida, pero todo parece partir del mismo sitio.

Bueno, hasta aquí la última parrafada del año, espero que como siempre le hayáis sacado sustancia y os haya entretenido. No quiero partir sin desearos unas felices fiestas, daros las gracias como siempre por ser tan atenta audiencia y unirme a vosotros en el deseo de que el año que comenzará esté más libre de virus que este que dejamos atrás. Cuidaos mucho y felices fiestas, a vuestro servicio.

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