[El Mirador]
Durante la pandemia todo el mundo les quería mucho, eran los campesinos y ganaderos que traían el pan a la mesa, que no permitían que las baldas de los supermercados se quedaran vacías, y que seguían al pie del cañón cuando todo el resto se había visto obligado a parar. No se les llegó a aplaudir por las ventanas, pero muchos de ellos se sintieron socialmente valorados por primera vez en sus vidas. Pasado el miedo a lo desconocido que llevó a algunos a acaparar papel higiénico, vuelven a ser los paletos matalobos y chupasubvenciones de toda la vida. De lo dicho, de aquel pacto ciudad-campo que pareció prometer la pandemia, no queda nada: precios por los suelos, intermediarios que aplican mano de hierro y materias primas disparadas llevan a las familias ganaderas al límite del cierre. Habría que recordar en las ciudades que a una mala, del Black Friday no se come.
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