Maldito 11 de febrero, mi querido Cristian. Ese día amaneciste para trabajar. Podría decirse que no concebías la vida sin esa honrosa labor. Eras un tipo que vivías tus sueños. Eras afortunado. Desde que lograste articular tus primeras palabras, tu sueños, tu mayor deseo era tener una vaquina. Y lo conseguiste. Lograste dedicar parte de tu vida a uno de tus sueños. No todos lo consiguen. Siempre estabas en el monte, con esos nobles animales a los que tanto amabas. También, mi querido Cristian, soñabas con tener descendencia. Y en forma de dos preciosas criaturas te eternizaste en la existencia. Yo sé que tú los amabas, yo se que ellos te aman. Y siempre vivirán con el recuerdo de un padre que se fue, pero que les dejo impregnados de todo su cariño. Al igual que tu madre y hermanos que desconsolados quedan. Tu espacio, el que tú siempre ocupabas, siempre estará ahí, en forma de recuerdo. En la inolvidable memoria de los que te han querido, te quieren y te querrán eternamente. A donde te hayas ido, querido sobrino, sigue soñando. Pues los hombres como tú siempre logran sus sueños. Te lo dice tu tío, que te quiso, te quiere y te querrá. Nunca estarás solo. Todos siempre te acompañaremos. Estoy seguro de que nos sentirás a tu lado. Adiós mi querido Cristian.
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