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Mareando a una muerta

Plácido Rodríguez

No recuerdo dónde leí algo acerca de un reino en el que, precisamente para ser rey, el primer requisito exigido era despojarse de todos los bienes materiales que el candidato poseía. Tampoco recuerdo si después de ser coronado debía perdurar en la actitud de mantenerse sin nada, para así poder dedicarse plenamente al servicio de su pueblo, sin las distracciones que supone preservar lo que se tiene o seguir medrando en la riqueza. Supongo que la literatura, además de tener la capacidad de ser utópica, sirve como escaparate al antagonismo de lo que en realidad prolifera, de manera que puede desnudar con palabras aquello que unos pocos elegidos protegen con uñas y dientes, además de intrigas mercenarias y de las fuerzas y cuerpos de seguridad que para sus intereses personales pagamos entre todos. Muere una reina y su entorno de rancio abolengo envuelve con protocolos de ostentación un planeta sembrado de miserias, lanzando, desde el interior de un féretro, el mensaje ancestral de un poder otorgado por Dios hace siglos, recordándonos la necesidad de que haya alguien superior con las venas repletas de sangre azul en la cúspide de la pirámide. No sé si la muerta, por su superior condición de divina majestad, pueda seguir experimentando, en la otra vida, algún tipo de sensación terrenal; de ser así, tras semanas de interminables saraos mediáticos en los que no cesaron de moverla de un sitio a otro, lo más probable es que Isabel II hubiese terminado profundamente mareada. Como nos marean algunos chamanes de la política ibérica, imbuidos de un afán de notoriedad que traspasa fronteras, declarando interminables jornadas de luto en sus particulares reinos de Taifas, y todo en honor de la muerta de fuera, ninguneando, en claro agravio comparativo, el mérito de alguna de sus muertas de dentro. Y se monta un gran alboroto por quienes se aferran al territorio patrio, ávidos de nuevas cruzadas religiosas, rehusando dar el pésame a la pérfida Albión por la ocupación de Gibraltar, como si ese farallón estéril plagado de monos ladrones y defraudadores de Hcienda fuese, más que peñón, la piedra filosofal con la que perpetuar la unidad de España. Una España que por otro lado perpetúa el escándalo en torno a una institución anacrónica regentada por la familia de los Borbones, que en vez de contribuir a la ejemplaridad de un Estado de derecho, incita a copiar su conducta. Porque la corrupción en España no es más que una imitación de la infamia y latrocinio que, también desde hace siglos, acompañan la herencia de la Jefatura del Estado, sólo interrumpida en dos fogonazos republicanos y reimplantada por los designios de un dictador sanguinario. Y la corrupción desangra los servicios públicos, que son los que de verdad necesitamos en vida, mucho más que la pomposidad de las exequias con las que puedan menear el cadáver de cualquier reina.

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