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Campillín, mar y arena

Diego Medrano

[Ese Oviedo Golfo]

Fue un parque que invitó a dar muchas vueltas con el coche, en el Oviedo redondo donde nos conocemos todos, en la ciudad pequeña donde cada vuelta es otra cosquilla. El mar del Campillín lo conocemos bien: abajo las sirenas con colita, los travestis, y arriba las sirenas sin colita, negras en la noche blanca, faldas cortas, labios gordos, humo de pajas junto al frío de semáforo. Luego, sí, debieron cambiar las tornas, y se pelearon las sirenas, las de arriba bajaron, las de abajo subieron, y hubo infartos cuando alguien descubrió un bolo donde debía haber agujero, y hubo sustos y calambres en utilitarios pequeños, siempre roto el muelle de los asientos por el mismo mar.

El centro de la selva, bancos del parque mirando a los Dominicos, estuvo ocupado por yonquis que cuando veían pasar a un fraile gritaban: “¡Mira, San Pancracio, el de la salud y el trabajo!”. Yonquis dormidos, yonquis despiertos, yonquis desperrados para ser golfos, yonquis sucios y yonquis limpios. A una vera del Campillín, la de la librería anticuaria Vetusta, último tramo de la calle Mon, brillaron los últimos puticlubs de farolillo rojo, de putas gordas, de varices como canalones, de mujeres/mujeres pero con bigote, de pensionistas muy delgados que venían por una sífilis o gonorrea. De Maruxa la Gochona habla Juan Cueto en sus guías urbanas. Muchas de ellas subían la calle e iban a Chicote a zamparse pinchos con la dentadura postiza del último cliente en el bolsillo, a ver si la vendían.

El Campillín fue escaparate de golfos, risas golfas, borrachos jóvenes haciendo eses, solitarios pajilleros tras el matojo, ojo al matojo, ojo al matojo. El Alcotán dejaba lo mejor de la Cuenca en las peores esquinas como una Amazon de sabiduría patibularia. Todos oían crecer la hierba bajo la arena, mar y arena, una playa entera de ojos como platos, alguna jeringuilla todavía roja entre bolsas vacías de patatas fritas, parejas amarteladas junto al pino más cercano a los bares de copas.

El Campillín fue una noria de prostitución y siempre el mismo coche dando vueltas (a veces el de San Pancracio, salud y trabajo; otras ministerial, oficial, consistorial). Atracadores de poca monta, gente que daba el palo con un lápiz escolar o un destornillador, botellones de solo una botella para cincuenta, porros malos, cigarrillos rubios, mucho calimocho. El Campillín era un secreto a voces. El que paseaba al perro a las cuatro de la mañana no estaba paseando a ningún perro. Ese mar, encrespado y blanco por arriba, de las miradas largas, duraba, como las mejores playas veraniegas, el día entero. Uf.

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