Muy buenas, mis queridos habitantes del ciberespacio. Me alegro de ver que, un mes más, me honráis con vuestra virtual presencia. Agarraos a una línea de código, lo que viene hoy sin duda no os dejará indiferentes.
La expresión «Échame un cable» viene, como muchos sabréis, de las voces de marinería. En dicho oficio, se llama cable a los cabos que sujetan las jarcias y el velamen de la nave. Sin embargo, en este mundo nuestro, se asocian los cables con elementos de conexión eléctrica o electrónica, bien sea de fibra óptica o el tradicional cobre que va desapareciendo poco a poco. Quizá algún día los veamos de grafeno, pero esa es otra historia. Os hablo de todo esto, porque esta mañana, enredado en menesteres tecnológicos, recordé una historia que oí cuando era niño. Me la contó uno de los más ancianos del lugar. A él se la había contado, en los años de su niñez, otro hombre que peinaba abundantes canas. Éste insistía en que algún día, el mundo estaría lleno de cables. ¡No sabe cuán ciertas fueron sus palabras!
Hasta aquí la disertación de este mes. Espero que no os hayáis enredado en los cables como ocurría con las espadas de los malos en las historias de espadachines y barcos. También abrigo la esperanza de haberos hecho pensar, como siempre. Me atrevo a emplazaros aquí el próximo mes. Sé que no me defraudaréis. Mientras tanto, quedo a vuestro servicio.
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