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Escuela de Aprendices, forja de profesionales

Entre 1845 y 1884 se ‘ficharon’ no menos de 77 maestros extranjeros, entre los que destaca el belga Carlos Joseph Bertrand

Roberto Suárez
Trubia

Si hoy podemos sentirnos orgullosos de ese plantel de profesionales salidos de la Escuela de Aprendices en su largo recorrido, se lo debemos al siempre citado Francisco Antonio de Elorza y Aguirre, pero también a la selección de maestros extranjeros que reclutó por toda Europa, unos durante sus viajes y otros aconsejado por amigos, siempre atentos a seleccionar y a ofrecerle aquello que precisaba para implantar una moderna siderurgia en Trubia.
Podemos citar un total de 77 contratos/as entre 1845 y 1884, según recogen los libros de Actas de las Juntas Económicas y Facultativa. En esa cifra se incluyen todos los maestros extranjeros, tanto en primeras contratas como posteriores renovaciones. El primer contrato que hemos localizado es el de dos hermanos maestros fundidores, Jorge y Julio Puyh [Pugh] para trabajar en los altos hornos, que se formalizado en La Haya el cuatro de julio de 1845.
Uno de los primeros en llegar a Trubia, y de los que más información nos aporta a nuestros intereses, es Carlos Joseph Bertrand Demanet (Gros, provincia de Namur, Bélgica, 25 de diciembre de 1814, 1892) que por el año 1882 era el representante de la Sociedad Metalúrgica y Carbonera Belga.
En un opúsculo publicado en 1882 bajo el título Estudio teórico-práctico del desarrollo de la industria metalúrgica y carbonera en Asturias nos informa de la situación de Asturias y de Gijón a su llegada en el año 1846. Reconocía que la Asturias con la que se encontró era la Bélgica de 1823.
Desembarcó en Gijón el 28 de febrero de 1846 y visitó «con gran detenimiento este pueblo, informándome minuciosamente de los elementos que le daban vida y, por su estado, pude juzgar de la precaria situación industrial de toda la provincia».
Existían dos o tres fraguas de las llamadas catalanas que producían cada una de 10 a 11 arrobas de hierro diariamente, una fábrica de vidrios con dos pequeños hornos y una fabricación muy insignificante de fusiles. Había además un antiguo horno alto al carbón vegetal, que había sido construido por el gobierno, para fundición de proyectiles de artillería y hacía unos 40 años que estaba apagado.
Los jornaleros arrastraban una vida miserable por la escasez de trabajo. De hecho, los primeros que se habían empleado en Trubia disfrutaban de 2 a 3 reales del jornal, con la obligación de presentar los cestos, palas, picones o fesorias que tenían que adquirir a su costa. El primer carbón de piedra que se consumió en la citada Fábrica venía desde cuatro leguas de distancia y traído en hombros por los aldeanos a razón de 2 reales quintal, pues no había camino alguno por donde pudieran pasar siquiera las caballerías.
Como rasgo común a todos los contratos cabe destacar: a) se puede comprobar que, en ocasiones, en la misma acta de la Junta Facultativa se recogían varios contratos de trabajo dando a entender que viajaron juntos. También se observa que, en ocasiones, se resuelven demandas de los contratados o ampliaciones de los contratos ya existentes e incluso se matizan las condiciones de éstos; b) en cuanto a la fecha en la que aparecen en los libros de actas de la Fábrica de Trubia, algunos de ellos fueron realizadas de manera «provisional» por el propio Elorza y sus compañeros de armas en el lugar de origen de los contratados y que no serían refrendados hasta su llegada a Trubia; c) se detectan diferentes maneras de escribir el nombre del contratado, esto puede obedecer a las dificultades del escribano para escribir su nombre correctamente, en ocasiones no hemos encontrado con el nombre o apellido hasta en tres versiones diferentes, en otros resulta imposible saber el lugar donde fue formalizado el mismo, si bien, todos fueron elevados a la dirección general de Artillería. En la mayoría de ellos estaba presente Elorza en el lugar de origen de los contratados. Salvo en el caso de tres de ellos, Juan José Paulus y su hijo Víctor, Enrique Dumeulin [Dumoulin] y Juan Brochet, que estaba presente el capitán teniente Víctor Velasco, que de Real Orden se hallaba comisionado al extranjero para «buscar los citados operarios». d) se constata el interés por mantener a algunos maestros extranjeros después de concluido su compromiso, así como mejoras en sus condiciones laborales, por considerar las iniciales como deficientes o desproporcionados; e) la mayor parte de los contratos extranjeros, fueron realizados en la provincia de Namur, en Lieja, aunque algunos se produjeron en Francia, Alemania e Inglaterra; f) no todos los contratos fueron formalizados con maestros extranjeros, también hemos encontrado algunos con aprendices y maestros de procedencia nacional.
En cuanto a las condiciones generales son comunes en la mayor parte de ellos. Era habitual que fuesen ocho las condiciones, aunque podrían fijarse entre ocho y 11 cláusulas. Se determina el compromiso de trabajar en la Fábrica de Trubia en una tarea específica y se compromete a hacerlo con el mayor celo doce horas por día, a excepción de los domingos y grandes festividades en que no trabajará sino en caso de urgente necesidad. Se estipula el sueldo, que podría ser en la moneda de su país de origen (libras esterlinas, francos, escudos) o en moneda nacional. Empezarían a percibirlo desde el día que se presentasen en el establecimiento. Los sueldos asignados varían en función de las habilidades del operario contratado y lo recibirían a fin de cada mes, haciéndoles la retención del décimo que se les entregaría íntegro al terminar su contrata, si la ha «llenado» a satisfacción de sus jefes». En ciertos casos se reflejaba en su contrata la posibilidad de ser comisionado de orden de sus jefes a otra fábrica del gobierno en alguna provincia del mediodía, recibiría el aumento de 25 por 100 sobre su sueldo, y además se le abonarán los gastos de viaje de ida y vuelta. Se fija la duración del contrato (que puede ser de uno, de tres, cinco años o tiempo indeterminado), debiendo avisarse las partes con dos meses de anticipación, si tenían intención de renovarla.
Será en las minas de carbón de Porció, en el concejo de Riosa, donde se produjo el primer accidente mortal de la zona. Sucedió el 28 de marzo de 1859 y falleció el riosano, Gumersindo Iglesias Sariego y el maestro minero de origen belga, Juan Gregoire, ambos enterrados en el cementerio parroquial de Santa María de las Vegas de Riosa.
En el Reglamento para la fábrica de Trubia se premiaba la antigüedad y su aplicación y aquellos que maestros, jefes de taller, tanto nacionales como extranjeros, que cumpliesen seis años en la Fábrica «a satisfacción del director de ella y tomando grande interés en la enseñanza de los aprendices» (…) «se les expedirá Real nombramiento de maestros de talleres; a los doce años se les concederá en iguales circunstancias el aumento de un décimo de sueldo, y a los veinte años el de otro décimo».

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