El verano de 1945 no fue un verano feliz en Europa. Había acabado la guerra pero empezaba una paz tremenda, llena de heridas sin cura posible. Los caminos se llenaron de personas hambrientas y traumatizadas, y cuentan que muchas mujeres,en medio de la escasez, se acostumbraron a hacer sopa de ortigas para tener al menos algo caliente que dar a los seres perdidos que llegaban a sus puertas. Las ortigas nunca faltan. Un grupo de la comarca, de Grado y Las Regueras, estuvo en Mauthausen para rendir homenaje a los asturianos que murieron entre sus alambradas o sobrevivieron como sonámbulos en aquella Europa rota. Hoy, 80 añosmás tarde, los bombardeos fascistas siguen cayendo sobre las cabezas de población civil aterrorizada. Las víctimas que fueron como corderos al matadero hoy son terribles verdugos. Quedan veranos de ortigas. Ojalá que el espíritu de aquellas mujeres también siga vivo.
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