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El viaje

Juan Carlos Avilés y la vaca Paca

En cuanto me hice con el libro que trajo el paisano había una tarea que debía afrontar escrupulosamente. Lo primero, buscar un lugar seguro donde guardarlo, y luego encontrar el sitio y la ocasión para intentar meterle pata, porque mano no era el caso. El escondite surgió enseguida, un hueco en el tronco de un viejo roble cercano que parecía no tener humedad ni bichos voraces, sobre todo termitas, que se lo zampan todo. Ahora venía lo peor, que era dónde intentar leerlo con cierta calma y alejada de la mirada de mis congéneres –las vacas somos muy cotillas– y sobre todo de Cejijunto y los chicos que no sabía cómo podrían reaccionar o si acabaría recluida en un siquiátrico vacuno, o, en el peor de los casos, en la parrilla de una barbacoa. De momento el librín acabó en el roble, hasta que cuando entré en el establo y me acoplé en mi puesto, se me encendió la luz, la misma que me daba por saco todas las noches y que se filtraba por una rendija de la techumbre, justo debajo de una vieje farola que proyectaba su claridad mismamente sobre mis narices, y que me impedía conciliar el sueño. ¡Eureka, lo encontré! Sería mi rincón de lectura mientras mis compañeras se daban al descanso y la molicie. Ya solo faltaba el escondite para el libro, que surgió bajo una tabla oculta por la paja, justo al lado mío, que se convirtió en el cajón de la mesilla de noche al que acceder para mis lecturas nocturnas. ¿Se podía pedir más?

Al atardecer siguiente, ya de retirada, rescaté el libro del roble como buenamente pude y lo llevé pa casa.  Aquella fue mi primera noche con una nueva realidad que no sé si era ajena, pero que entonces era la mía. En alguna ocasión había visto a la chica que me cataba leer durante los descansos del trabajo, y era como un ritual: se sentaba plácidamente, abría su libro y pasaba solemnemente las hojas tras mojar con su lengua el dedo pulgar. Observaba como le iba mudando la expresión a medida que recorría las líneas. Unas veces sonreía, otras parecía contrariarse y a veces se acercaba más el libro a los ojos para avivar la atención. Era como si estuviera sumergida en otro mundo, en una aventura que, durante unos instantes, era también la suya. ¿Me sucedería a mí igual?

Saqué mi libro de su refugio e intenté imitarla a ella. Lo de mojarme las pezuñas para pasar las hojas me resultó una gochada, así que lo trajiné con el hocico procurando no llenarlo de babas, y comencé mi viaje iniciático. Al principio me costó unir las letras y enlazar las palabras por falta de entrenamiento. Pero, poco a poco, la historia de Mo, la vaca vizcaína con vida interior, fue penetrando en mí hasta llegar a olvidarme de que yo también lo era. La vida te da sorpresas.                           

(Continuará)

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