Redacción/ Grau
Hacedor de milagros, capaz de domar a un toro con su piedad para defenderse de falsas acusaciones y uno de los primeros peregrinos que visitó la tumba del Apóstol Santiago. Esta es, a grandes rasgos, la leyenda del obispo Ataúlfo, Adolfo o santo Dolfo, que tras una vida legendaria se retiró al pequeño pueblo moscón de La Mata, donde reposa su sarcófago y donde durante siglos fue objeto de devoción. Un nuevo estudio profundiza en esta interesante figura histórica, fuertemente vinculada al Camino de Santiago a su paso por Grado. La investigación recientemente publicada fue presentada ayer en un acto organizado por la Asociación de Amigos del Camino de Santiago de Grado, que contó con la presencia de los autores, la profesora de Historia Medieval de la Universidad de Oviedo, Isabel Ruiz de la Peña, y el profesor de Paleografía, Miguel Calleja. Ambos analizan la leyenda, la historia y la evolución de la iglesia románica donde reposan los restos.
Según Francisco Mellado de Paula, en su Recuerdos de un viaje por España, «cuatro esclavos de la catedral de Santiago acusaron ante el rey a su obispo, llamado Ataulfo, conocido por la santidad de sus costumbres, de haber cometido el enormísimo pecado de sodomía[2]. Indignado el rey don Ordoño, mandó compareciese a su presencia el prelado, el cual acudió a Oviedo inmediatamente, y antes de entrar en el alcázar real celebró misa. Con el traje de pontifical se presentó a don Ordoño, y este sin escuchar sus disculpas, mandó soltar contra el obispo un bravísimo toro azorado con perros y garrochas[3]. Ataulfo entonces hizo la señal de la cruz, y se llegó al toro que bajó humildemente su gallarda[4] cabeza, y le presentó sus agudas astas que el obispo le quitó fácilmente, y presentó a los espectadores. Eran estos el rey y los grandes[5], los que asombrados con tan gran prodigio reconocieron la inocencia de Ataulfo, y se arrojaron a sus pies en demanda de perdón por haber dado crédito a la calumnia. Los esclavos fueron condenados a la hoguera, y los cuernos del toro colgados de las bóvedas de la catedral de Oviedo en memoria de tan señalado suceso. Ataulfo no quiso volver a su silla[6] y renunciando a su alta dignidad, se retiró a un lugar cerca de Grado, donde vivió y murió santísimamente. De su nombre se dijo aquella aldea Santo Dolfo, y su cuerpo se conserva en su iglesia con la reverencia y culto que se da a los santos».
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