
Irremediablemente vivimos condenados a masticar el hastío que provoca la estrechez de miras de tantos y tantos munícipes que brotan como setas para dejar su mínima impronta, a veces, letal. Hay una herida abierta en Cimavilla, en Grao, y esta no es otra que la ruina provocada por el derribo de la casa de Álvaro Flórez Estrada. He de imaginar que quienes permitieron el derribo de esta casa no sabían quién había sido su propietario, ni el alcance de su figura en la Historia de este país. Deberían haber consultado al Senado de España o a la Real Academia de la Historia para conocer algo de la vida y obra de este personaje al que tumbaron su casa impunemente. Baste decir que Álvaro Flórez Estrada nació en 1766 en Pola de Somiedo y que fue en Grao donde inició sus estudios en latín y humanidades, para después, en la Universidad de Oviedo, seguir los de Filosofía y Jurisprudencia. Fue Magistrado en Madrid, Tesorero General del Reino, Procurador General de la Junta General del Principado, Diputado de las Cortes de Cádiz (1812), exiliado en Londres, Diputado a Cortes por Asturias, Ministro de Estado (1823), economista, senador, defensor de la libertad de imprenta (el equivalente hoy a la libertad de prensa)…
Podría rebuscar en el expediente municipal para dar con la clave de esta idea irracional que provocó que a finales de los noventa del pasado siglo XX, la villa de Grao perdiese la casa de un hombre de espíritu ilustrado y liberal de muy alta reputación en la política y en la economía española. Política con mayúscula, de Estado, supramunicipal… Pero no me hace falta para imaginarme que tras este desaguisado se hallen las truculentas artes de la recalificación y promoción de obra nueva cuando el sector inmobiliario despuntaba a cualquier precio provocando tantos destrozos en villas y ciudades. En Salas, por ejemplo, se llevó por delante (imperdonable) el edificio de La Fonda, frente a la Colegiata, y todos tan tranquilos… Ejemplos hay muchos. Hoy podríamos hacer un inventario considerable de las atrocidades llevadas a cabo por los ayuntamientos en la NO protección del patrimonio histórico y nadie se sonrojaría. Por mi parte les dedicaré siempre un lugar en el recuerdo y una famosa canción del Niño de Elche… Y esto no ha terminado, porque no crean que se está haciendo mucho por el patrimonio arquitectónico. Protegerlo es una labor ardua, agotadora, y menos rentable que la de destruirlo. Véase por ejemplo la pérdida reciente del Molino del Pasaje, en el centro de Grado, y toda la arquitectura que está arruinándose en el casco histórico de la villa. No nos pongamos vendas en los ojos: siempre que exista un interés especulativo-económico-urbanístico el patrimonio arquitectónico puede ponerse a temblar. Y esto con toda seguridad es lo que ha ocurrido en Cimavilla con la casa de Flórez Estrada. No es necesario mentar a los autores porque es vox populi… Que sea el tiempo quien les haga justicia por haber permitido que un elemento del patrimonio histórico local como el que nos ocupa se haya perdido para siempre. Tras casi treinta años encontramos la herida abierta y sangrante a pie de la carretera general, y hacia la calle Cimadevilla. Ahí sigue el cadáver, y lo que es peor, se permitirá la edificación donde aún queda la planta baja, pese a que el edificio está en el Catálogo Urbanístico de Grao por su valor histórico y con un grado de protección menor al que le correspondería. En fin, un despropósito, una aberración. Grao no tendrá ya nada que celebrar de Flórez Estrada y los nombres de quienes tenían el deber de haber protegido el patrimonio histórico local, serán recordados por este atentado. Bien podrían salvar lo que queda del desastre y hacer un memorial a Flórez Estrada en el solar de la que fue su casa. Mientras tanto, en Noreña, lugar donde falleció el 16 de diciembre de 1853, por el Ateneo Republicano de Asturias, se le recordaba y homenajeaba el pasado mes de diciembre, en el 172 aniversario de su fallecimiento. Para tomar nota…
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