El moscón publica ‘Los que hicieron el mundo’, una colección de relatos que indaga en temas universales desde las vidas de la gente común

L. S. N./ Grau
¿Quien ha dejado más huella, los grandes hombres que copan los libros de historia o la gente común que trabaja todos los días para mantener la vida a flote? ¿Tiene la aldea menos que decir sobre la realidad que una gran urbe? Pablo González (Grau, 1985) tiene muy clara la respuesta a ambas preguntas. Acaba de publicar ‘Los que hicieron el mundo’ (Editorial Cuadranta), una colección de relatos escritos a lo largo de 5 o 6 años que indagan en temas universales desde la gente común y, en no pocas ocasiones, desde la aldea.
“Este primer libro es básicamente una colección de relatos de longitud variable que he ido escribiendo durante los últimos 5 o 6 años. He intentado retratar la vida de personajes a los que habitualmente se les ha robado la voz. Es un libro que habla de campesinos, de obreros, de sus hijos e hijas… y de un montón de vidas anónimas que desafían las narrativas oficiales. Nunca me gustó la Historia académica del instituto… siempre me pareció un compendio de batallas, reyes y generales que se parecían más a sus estatuas ecuestres que a hombres de carne y hueso. Pero a mí siempre me interesó más la fila india. Es la fila india la que ha hecho el mundo desde las sombras, y creo que la literatura ha explicado eso mejor que nadie”.
El escenario de sus relatos también se aleja del brillo engañoso de la gran ciudad para centrarse en un espacio aparentemente más sencillo, el de la aldea y el entorno rural. “Lo rural está presente en gran cantidad de relatos, visto en perspectiva como parte fundamental de mi propia existencia. Nací y vivo en Grau, y mis cuatro abuelos nacieron y vivieron en dos aldeas del concejo, de apenas veinte casas. La aldea se presenta en varios de los textos como el mismo centro del universo, y en ella se insinúan algunos de los conflictos eternos del género humano. Ya se sabe: el amor, la muerte, la vida y su sentido, la belleza, la verdad, la justicia, la libertad y todo eso que viene a ser el quid de la cuestión aquí y en Madrid y en Londres y en Pekín y en Marte. Creo que la buena literatura es precisamente buena porque asume esos conflictos y aporta alguna perspectiva al respecto. No digo que la mía sea buena, dios me libre, pero al menos intenta serlo. ¡Qué menos que intentarlo!”.
González, ingeniero de Telecomunicaciones de profesión y padre de dos hijos, llega a la literatura desde la música punk, que cultivó en su juventud, una inquietud creativa que le ha acompañado durante toda su vida. “Llevo tocando música desde casi siempre. De niño empecé a tocar la gaita, toqué en una banda, y luego, con 15 o 16 años me puse a tocar el bajo y monté con unos amigos una banda de punk. Grabamos unos cuantos discos y dimos un montón de conciertos. Luego nos hicimos mayores y los compromisos laborales y familiares fueron poniéndonoslo más difícil. Con el parón del grupo, y coincidiendo con un periodo en el que viví en el extranjero, empecé a darle vueltas a esto de escribir ficción literaria. En aquel tiempo se abrió una especie de ventana de oportunidad y me puse a ello. Fue bastante natural. De hecho, ya había escrito algunas cosas antes y, a decir verdad, si he hecho algo en mi vida ha sido leer. Sí, he leído bastante y con bastante pasión… y a falta de música, ¿qué hay mejor que la literatura?”.
Con referentes literarios que van desde Xuan Bello a Juan Rulfo, Miguel Delibes, Ignacio Aldecoa, pero también de Julio Cortázar, Eduardo Galeano o Elena Garro, Pablo González huye de las etiquetas literarias y no enmarca sus cuentos en ningún género. Aprendió a jugar con las palabras haciendo letras de canciones, en el directo estilo del punk, y algo de ello se lleva a los relatos que ahora ven la luz.
“Uno busca un vehículo para dar salida a algo que se tiene dentro, supongo. No sé bien lo que es, pero ordenarse las ideas y plasmarlas en un artefacto más o menos novedoso (aunque lo de novedoso sea mucho suponer), ya sea un cuento, un poema, una canción… es una cosa realmente satisfactoria. Al menos para mí, es casi existencial. Y que no se me enfaden los pintores, los bailarines, los músicos o los cinéfi los, pero creo sinceramente que la literatura es, de todas las artes, la que más se acerca a comprender la complejidad humana. Así que tenía que intentarlo…”
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