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Cantos de sirena

Luis G. Donate

Bienvenidos un mes más, mis queridos contertulios. Espero que los recientes acontecimientos, tanto climatológicos como ferroviarios no os hayan alcanzado y estas letras os encuentren bien. Dicho esto, metámonos en faena. Este mes toca viajar y espero que encontréis algo que os guste.

Acompañadme hasta un proceloso mar encapsulado entre tierras de lo más diverso. Lugares plagados de dioses, héroes, guerras, leyendas y tesoros. El mediterráneo de Homero. Estamos en una de aquellas cóncavas naves decoradas con un par de ojos en los costados de su proa. Aquella que pertenece a Odiseo el de las muchas tretas, el héroe, el sabio, el tramposo. El más humano y épico de todos los que lucharon bajo los muros de la eterna y legendaria Ilión. La corriente nos lleva cerca del estrecho de Mesina y entonces, las oímos. Estamos atados al palo mayor, junto a él y podemos escuchar a las sirenas. Voces angelicales que derriten nuestro entendimiento como si fuese la cera de una vela encendida. Esos cantos son el ruido del mundo, esta prisa que nos empuja a vivir corriendo, atrayente pero peligrosa. Debemos imitar a Odiseo y escucharla sólo cuando sea necesario. De ese modo lograremos llegar a Ítaca sanos y salvos.

Hasta aquí la disertación de este mes. Espero que os haya gustado y que encontréis utilidad en la enseñanza que lleva escondida dentro, como la avellana que hace las veces de corazón en ciertos bombones. Me despido ya de vosotros, hasta la próxima. No sin antes ponerme, como siempre, a vuestro servicio.

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