CALEYANDO ENTRE COTOYES - Por Marcos ÁLVAREZ
LA VOZ DEL TRUBIA inicia con este reportaje la serie Caleyando entre
cotoye. Firmada por Marcos Álvarez, propone una mirada pausada al patrimonio industrial y rural de la comarca a través de caminatas por espacios hoy abandonados.
Caleyar entre cotoyes no es hacer una ruta ni seguir un itinerario marcado. Es caminar sin señales, desviarse del camino principal y mirar con atención aquello que queda fuera del foco. Lugares a los que no se llega por casualidad, pero tampoco por interés turístico. Hoy ese paseo me lleva hasta el sanatorio obrero de Trubia.
No hay carteles que indiquen el acceso ni paneles que expliquen qué fue este lugar. Solo un sendero estrecho, medio cerrado por la maleza, y la sensación clara de estar entrando en algo que ha sido abandonado. El edificio aparece de golpe entre los árboles, sin previo aviso. No impresiona por su tamaño, sino por su estado.
Resulta difícil aceptar que este lugar fue, hace más de un siglo, un espacio de cuidados. El sanatorio obrero de Trubia se construyó en 1906, cuando la localidad vivía al ritmo de la Fábrica de Armas y enfermar no significaba solo un problema de salud. Para muchos trabajadores, suponía quedarse sin jornal, sin respaldo y sin futuro inmediato
La cubierta ha desaparecido en buena parte del inmueble. Los muros están agrietados, el interior lleno de escombros, ramas y silencio. Caminar por lo que fueron pasillos obliga a extremar la precaución: el suelo cede en algunos puntos y hay zonas donde el colapso ya es evidente. Aquí no hace falta imaginar demasiado para entender que el deterioro es avanzado y que el riesgo es real.
Resulta difícil aceptar que este lugar fue, hace más de un siglo, un espacio de cuidados. El sanatorio obrero de Trubia se construyó en 1906, cuando la localidad vivía al ritmo de la Fábrica de Armas y enfermar no significaba solo un problema de salud. Para muchos trabajadores, suponía quedarse sin jornal, sin respaldo y sin futuro inmediato.
Un año después, en 1907, se creó la Sociedad Sanatorio Obrero, encargada de gestionar un centro sanitario pensado específicamente para los obreros y sus familias. No era un hospital militar ni una obra de caridad. Fue una iniciativa nacida del propio entorno industrial y social de Trubia, una fórmula avanzada para su tiempo, cuando todavía faltaban décadas para que la sanidad pública universal fuese una realidad.
La ubicación del edificio no es casual. Rodeado de bosque y apartado del núcleo urbano, el sanatorio respondía a los criterios higienistas de principios del siglo XX: aire limpio, tranquilidad y reposo como parte esencial del tratamiento. Especialmente en una época en la que las enfermedades respiratorias eran frecuentes entre quienes trabajaban en la industria.
Aún hoy se distinguen grandes ventanales sin cristales, muros que permiten intuir la distribución original y estancias amplias pensadas para recuperaciones largas. Todo en el edificio habla de tiempo, de espera, de cuidados prolongados. De volver a ponerse en pie sin prisas, algo que hoy suena casi ajeno.
Fuentes históricas locales señalan como impulsor del proyecto al médico militar Mario Gómez y Gómez, una figura destacada en la vida sanitaria de Trubia en aquellos años. Su apuesta por dotar a los trabajadores de un espacio digno para recuperarse convirtió el sanatorio en algo más que un edificio: fue una forma temprana de protección social, una red de seguridad en un contexto en el que apenas existían.
Sin señalización ni protección
El contraste con la situación actual es brutal. No queda rastro del mobiliario ni de los usos originales. El interior está completamente expoliado, la vegetación ha entrado sin pedir permiso y el paso del tiempo ha hecho el resto. Algunas zonas ya se han venido abajo; otras se sostienen de manera precaria. No hay señalización, no hay protección y no hay una explicación mínima que ayude a entender qué fue este lugar.
Salir del recinto deja una sensación incómoda. No solo por el estado de ruina, sino porque el abandono no es inevitable. El sanatorio no está en un paraje inaccesible ni perdido por casualidad: está a pocos minutos de Trubia. Se está cayendo, sí, pero sobre todo se está dejando caer.
El sanatorio obrero no es una ruina cualquiera. No habla de grandes batallas ni de altos mandos, sino de obreros enfermos, de jornadas duras y de una comunidad que, con pocos medios, entendió que la salud de quienes trabajaban importaba. Forma parte del patrimonio industrial de Trubia, pero sobre todo de su memoria social.
No hace falta prometer grandes rehabilitaciones ni proyectos grandilocuentes. Hace falta algo mucho más básico: reconocer su valor, documentarlo, consolidar lo que aún se mantiene en pie y contar su historia. Porque mientras se discute o se mira hacia otro lado, el sanatorio sigue colapsando.
Como otros muchos lugares que aparecen cuando uno se sale del camino marcado, el sanatorio obrero de Trubia permanece medio oculto entre el monte, esperando una decisión que no llega. Basta caminar un poco entre cotoyes para entender que no es un caso aislado. Es solo el primero.
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