

Cuando Iqaluk salió a cazar un día soleado de verano, el mar se mostró dócil a la vista del nativo, sin olas y en completa calma. Aquel curtido inuit experimentó una extraña sensación a bordo de su kayak, como si la luz que tapizaba con reflejos ondulantes toda la superficie le hubiese hipnotizado. Y el desenlace fue trágico, porque Iqaluk pereció en las gélidas aguas de Groenlandia a causa de una especie de trance místico en el que entregó su cuerpo a los animales y su alma a Sedna, diosa del mar, para que protegiese a su familia del mal tiempo a la vez que le proporcionase éxito en la caza.
Probablemente Iqaluk nunca imaginó que, merced a la catástrofe medioambiental que padece el Ártico, los inuits están viendo cómo su entorno se calienta a pasos agigantados, a la vez que el deshielo revela nuevas rutas marítimas, poco tiempo atrás inaccesibles a las grandes potencias que se reparten de forma indolente los recursos del planeta.
A día de hoy la competición por el dominio geoestratégico de estos nuevos pasos, además de generar un aumento de la contaminación y perturbar un ecosistema ya de por sí frágil, está poniendo en peligro la continuidad de las comunidades indígenas que, con todo el derecho a disfrutar de las comodidades actuales, tratan de preservar una cultura ancestral vinculada a la naturaleza.
Antes del trágico desenlace, Iqaluk ya había transmitido a su hijo mayor los fundamentos de la supervivencia, de manera que Ookpik, con tan solo 11 años, dominaba con soltura el manejo de aquellas embarcaciones individuales construidas manualmente: un armazón de huesos de ballena cubierto de pieles de foca al que llamaban qajak.
Leyendas aparte, si existe algún grupo humano que pueda arrogarse la legitimidad de decidir sobre Groenlandia, ese es el pueblo Inuit, el pueblo que supo adaptarse a las condiciones extremas que imponen el frío y el hielo.
No les gusta que los llamen “esquimales” porque lo entienden como un término despectivo que viene de fuera y que significa “comedores de carne cruda”. Ellos se definen como “inuits”, “personas que habitan un lugar”. Un lugar que se extiende a lo largo de más de 6000 kilómetros, desde Rusia hasta Groenlandia, pasando por Alaska, y Canadá, un lugar en el que desarrollaron tecnologías únicas para sobrevivir, como el iglú, el kayak y el trineo de perros. En la mitología Inuit existe un monstruo, Ijiraq, que se esconde, secuestra niños y es capaz de cambiar de forma. Un monstruo que a día de hoy adopta una forma grotesca con traje azul, corbata y gorra roja, además de tez y pelo anaranjado. Un monstruo que escupe intolerancia por la boca, que no quiere democracias, porque no sirven a sus intereses. Lo único que le sirve es el poder, y la democracia lastra ese poder.
Desde aquí apelo al espíritu Inuit que habita en los límites de la supervivencia para combatirlo. Desde aquí invoco a Sedna, creadora de todos los animales marinos, que se muestra hostil con los hombres cuando se comportan mal y les envía mal tiempo, fracaso en la caza y enfermedades.
Tal vez a la vieja Europa que, marchita de enfrentamientos y guerras, suele mirar para otro lado con los abusos hacia otros pueblos le venga bien esta nueva versión de Ijiraq, y sea capaz de dejar a un lado las disputas para unirse y plantar cara al monstruo que quiere devorar todo lo que está al alcance de su mano.
No sé por qué me viene una melodía a la cabeza… ¿Cómo era lo que cantaba aquel grupo de la movida de los 80, Los Zombies? “Todas las secuencias han llegado a su conclusión, el tiempo no puede esperar… Cruzando amplios mares, escalando altas montañas, defendiendo los glaciares… Y yo te buscaré en Groenlandia”.
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