CALEYANDO ENTRE COTOYES - Por Marcos ÁLVAREZ
Entre la maleza y los muros a medio caer emergen restos de antiguas naves industriales. No hay placas, ni carteles, ni paneles explicativos. Nadie dice qué fueron estos edificios. Pero la arquitectura no engaña: construcciones bajas, alargadas, pensadas para soportar calor, humo y carga manual. Aquí no hubo viviendas ni almacenes agrícolas. Aquí hubo tejeras y ladrilleras.
Durante décadas funcionaron en esta zona varias pequeñas fábricas de tejas y ladrillos. Industrias humildes, duras y esenciales. San Claudio no fue solo loza fina y vajillas decoradas; también fue barro, horno y material de construcción. De estas tejeras salieron las tejas y los ladrillos que levantaron casas, cuadras, cierres y muros en buena parte del entorno cercano, rural y urbano.
No eran grandes empresas ni proyectos industriales ambiciosos. Eran explotaciones locales, muchas veces familiares, que trabajaban directamente con las arcillas del terreno. El proceso era simple y agotador: extracción a cielo abierto, moldeado manual, secado lento y cocción en hornos. Jornadas largas, esfuerzo físico constante y una dependencia total del terreno. Quizá por eso hoy apenas queda rastro documental. Cerraron sin homenajes, sin archivos y sin ningún tipo de protección patrimonial.
Caminar entre estos restos es hacerlo por un paisaje industrial borrado. Las cubiertas han desaparecido, los muros se desmoronan y la vegetación avanza sin oposición. Nada indica que aquí se trabajó durante años. Nada explica que este suelo fue transformado a golpe de pala, barro y fuego.
Siguiendo el recorrido aparece la laguna del Torollo. A primera vista, el lugar transmite calma: agua quieta, vegetación cerrada y silencio. Podría parecer un espacio natural más, pero no lo es. La laguna no nació por azar ni por un proceso natural espontáneo. Es una consecuencia directa de aquella actividad industrial.
Donde hoy hay agua, antes hubo extracción de arcilla. Durante años se vació el terreno para alimentar las tejeras y ladrilleras cercanas. Cuando la actividad cesó, las explotaciones quedaron abandonadas y el agua ocupó el hueco. Sin restauración, sin explicación y sin memoria, el paisaje se transformó. La laguna del Torollo es, en realidad, una cicatriz industrial convertida en paisaje cotidiano.
Sin protección
Hay algo profundamente revelador en este proceso. Estas fábricas dieron trabajo, moldearon el territorio y sostuvieron durante décadas una economía local. Sin embargo, hoy sus restos se caen a pedazos, sin relato, sin reconocimiento y sin protección. El discurso oficial ha reducido la historia industrial de San Claudio casi exclusivamente a la loza, dejando fuera todo un sistema productivo anterior y paralelo, más básico y más ligado a la vida diaria del pueblo.
Caminar por esta zona es comprobar cómo se borra la memoria cuando no resulta atractiva. Las tejeras y ladrilleras no eran bonitas ni prestigiosas, pero fueron necesarias. Y la laguna del Torollo, hoy integrada en el paisaje, debería explicarse también como lo que es: el resultado de años de trabajo y de una transformación profunda del territorio.
Reivindicar este pasado no es nostalgia. Es una cuestión de justicia y de comprensión. Porque un lugar que olvida cómo se construyó difícilmente puede decidir qué hacer con lo que queda. Y porque bajo el silencio actual de San Claudio todavía persiste la huella del barro, del fuego y del trabajo que levantó este pueblo.
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