«¿No quieres entrar a ver el telediario, José?», le preguntó la auxiliar a uno de los internos de la residencia de Grau/Grao/Grado. «Nos telediarios nun sal más que política, guerras ya desgracias, toi mui agusto aquí fuera», le contestó el anciano. «Sí, y últimamente, muchos incendios», dijo la trabajadora. «Lo del fueu ye normal, viendo cómo ta quedando too abandonáu», apostilló el residente con una frase resignada, quizá profética.
Parece que nos vamos acostumbrando a que los noticiarios incluyan una pieza sobre los incendios forestales que cada año arrasan una parte importante de España. Y, parejo a la desgracia, vienen los rifirrafes. Escuchamos hablar del cambio climático, del abandono de los usos tradicionales, del despoblamiento de la zona rural, del monocultivo de pinos y eucaliptos, de la falta de personal para la extinción, de una prevención casi inexistente… Se buscan culpables, se cruzan acusaciones, el enfrentamiento termina por imponerse al debate y el acaloramiento sustituye a la reflexión.
El Planeta, Europa, la Península Ibérica y Asturias arden. Existen asombrosas causas naturales, como el rayo o un volcán; otras veces, el fuego nace de actitudes más prosaicas y negligentes, en las que simplemente se nos escapa de las manos; también existen muchos tipos de intereses particulares, además de esa parte trastornada de la condición humana que genera a los pirómanos, enfermos capaces de quemar lo que otros tardaron generaciones en construir.
En el concejo moscón también hay incendios; afortunadamente, bien por la discontinuidad del combustible, bien por una adecuada extinción, no suelen ser grandes. Y aquí es donde me aventuro a pronosticar el desastre.
La cabecera del Cubia, al norte del Picu Redondu y el Picu la Berza, al sur de los pueblos de Tolinas y Las Villas, es uno de esos ejemplos de abandono en el que las dos administraciones implicadas —Ayuntamiento y Principado— se pasan la pelota de una a otra, condenando al olvido ese territorio, postergando la apertura de una pista de uso ganadero que daría servicio a una zona que ronda las 1.000 hectáreas.
Las cabañas de las brañas están cayendo, sin posibilidad de arreglarlas si no se lleva el material a caballo o al hombro, y los prados que las rodean están siendo colonizados por el matorral. Cada vez cuesta más trabajo caminar por los senderos y supervisar la salud del ganado, que cada día tiene menos pasto en favor de un incremento de la carga combustible, un combustible que tampoco se puede desbrozar si no hay un acceso rodado.
Y habrá quien argumente que esa pista alteraría el hábitat natural de la fauna salvaje, y puede que, en parte, tenga razón. Hasta que, por el origen que sea —rayo o mechero—, todo se queme, esperemos que sin víctimas humanas: bosque, matorral, ganado, cabañas y también la fauna, por la falta del acceso que permita la evacuación y la llegada de las brigadas de extinción.
Probablemente, cuando eso pase, si José sigue en la residencia, se acuerde de los años en los que las brañas del Espanal proporcionaban cobertura a hombres y animales y eran punto de encuentro en el paso natural en esa zona entre teverganos y salcedanos. Probablemente vuelva a decir eso de: «Lo del fueu ye normal, viendo cómo ta quedando too abandonáu».
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