Fake news en la Revolución del 34

La prensa nacional publicó el bulo de la violación y asesinato de una joven de Trubia y dos de San Claudio a manos de revolucionarios, desmentido tajantemente por ellas mismas y testigos tiempo después

Barricadas en la revolución de octubre de 1934
Por Roberto Suárez
Trubia

En  esta ocasión abordaremos el caso de una vecina de Las Cuestas que trabajaba de sirvienta en una casa adinerada de Oviedo, en el domicilio del ingeniero Sr. Terrero. En 1934 los medios de comunicación de ámbito nacional y regional se hicieron eco de una noticia. Hemos podido consultar El Debate, ABC, Informaciones, Estampa, y La Voz de Madrid, y la versión de todos ellos distaba bastante de lo que realmente sucedió. Nos referimos a Josefa Álvarez Álvarez, sobre la cual la prensa malintencionada levantó el infundio que fruto de la ferocidad de cuatro revolucionarios perecieron tres muchachas entre las que se encontraba, durante los sucesos revolucionarios de octubre. Un periódico madrileño, en la edición del 16 de enero de 1935, lo describe así «cuatro revolucionarios se hallaban entre Oviedo y San Claudio y al ver pasar a tres muchachas “camilleras” se apoderaron de ellas». Fueron llevadas a la parte más despoblada de la comarca y allí las violaron, seguían relatando, lo mismo que otra muchacha que encontraron después.  Cometido el delito, los cuatro individuos temieron ser reconocidos y, además, una de ellas advirtió que «cuando volvieran a Oviedo denunciarían el hecho al Comité Revolucionario», y para evitarlo decidieron matarlas, cosa que realizaron disparándoles varios tiros, mientras otros las sujetaban por los brazos.  Por su parte, el periódico Informaciones del 18 de octubre refería que el Gobernador de Asturias, en rueda de prensa, informaba del repugnante crimen cometido en San Claudio y decía «que este asunto es una prueba patente en contra de los que propalan que los rebeldes se portaron con toda corrección y moralidad». Parece que una de las muchachas asesinadas era apodada «la verdulera», morena, de ojos claros, un poco gruesa y vivía en La Argañosa. Se sabía que otra de las muchachas era hija del pintor Gustavo de La Fuente, miembro del Comité Revolucionario de Oviedo. Éste último también era el padre de la conocida como «La Libertaria», que había fallecido el 13 de octubre a la entrada del Tercio en la capital, no sin antes, a la puerta de la iglesia de San Pedro, haber dado muerte con una ametralladora a dos sargentos. Para crear más confusión, escupir cieno y enardecer a sus lectores, otro periódico, ABC, calificado como «derechista y cavernario», de la pluma de Tomás Borrás, dice que «el Comité dio incluso vales para apoderarse de mujeres, siendo unas doce muchachas, de catorce a dieciséis años, las que cayeron en poder de esos rebeldes. Y se nos dijo que una joven de Oviedo, que se encontraba en aquel lugar, fue víctima de ultrajes y luego asesinada». Se sospechaba de dos individuos llamados César Caso y David Posada que presuntamente «habían violado a mujeres por medio de vales y que luego las habían hecho desaparecer». A la vista de los acontecimientos, José Creus Moscoso, comandante de Infantería y juez instructor del Juzgado eventual dictó, el 19 de enero de 1935, un edicto en que hacía saber «que todo el que tenga conocimiento de la desaparición de tres mujeres jóvenes con ocasión del movimiento revolucionario ocurrido en esta provincia en el pasado mes de octubre y pueda aportar algún dato referente a este particular, así como los familiares de mujeres desaparecidas, deben comparecer en el plazo de ocho días ante este Juzgado, establecido en el cuartel de Santa Clara, a manifestar cuantos antecedentes se refieran a dicha desaparición». Desde luego, a la vista de estas referencias periodísticas parece que lo sucedido era una atrocidad, si bien, al poco tiempo empezaba a salir a la luz la verdad y el primero en manifestarla es José Suárez Campa, que interrogado en el Cuartel de Santa Clara de Oviedo, no reconoce los hechos, lo que refrendaba Enriqueta Escandón, dueña del comercio del que era dependiente, y al responder por él hizo constar que «a ella y trece más de su familia fue mi hermano quien, el día 10, al atardecer, las llevó a San Claudio». Luego se presentaron en el Cuartel la madre de «La Verdulera» a testificar que «su hija está sana». Y, en cuanto a la hija del pintor La Fuente, al conocer su madre la noticia recorrió las redacciones de los periódicos y al Cuartel de Asalto a confirmar «que su hija había muerto en otras condiciones y circunstancias» y, en cuanto a «dicha doméstica fue abandonada cuando la revolución y vista llorando por los revolucionarios, y sabido que había sido abandonada, la llevaron a casa de sus padres, que viven en Las Cuestas, de Trubia» más aún, una hermana de Josefa se ofreció para decir «que ella recibió favores que no sabe cómo agradecer, y no perjuicios». En el proceso abierto figuraba un individuo que resultó muerto durante la revuelta y al que los otros le atribuían por los otros la principal culpabilidad de todo lo sucedido, «este sujeto no tenía buenos antecedentes», los que le conocían decían que era un hombre de temer estando embriagado, y había sido encontrado muerto en un monte cercano a Trubia y se llamaba César Caso Prendes de unos 34 años, de Sograndio (Oviedo), que había pertenecido hacía tiempo a la Legión, estaba casado y dejaba varios hijos. Los otros tres detenidos eran José Suárez Campa, que había estado empleado en una casa de comercio muy importante de Oviedo y los últimos tiempos en un banco; Sindulfo Iglesias y Fernando Fernández. Mediante las pesquisas realizadas, César Caso no pudo morir durante la revuelta porque la revolución finalizó en Oviedo el 13 de octubre y éste entró detenido en el Cuartel de Santa Clara en los últimos días del mismo mes, el día 29, y «lo sacaron a declarar tres noches seguidas». De José Suárez Campa tan sólo se decían alabanzas, su buen comportamiento lo proclamó la misma dueña del negocio donde trabajaba como dependiente. Esta señora garantizo la conducta de su empleado. Por su parte, Fernando Fernández era un mocetón fuerte, leal y generoso, «que demuestra a las primeras palabras todo lo que hay en él de noble y abnegado. Llega su grandeza de espíritu a dar la sensación de que no guarda rencor a los cafres que lo martirizaron de una forma increíble». Descartado que tampoco Aída La Fuente Peanos había muerto a manos de sus compañeros, las investigaciones para esclarecer esta presunta agresión proceden del periodista, masón y autodidacta, Francisco Carames Riopedre. Para ello se puso en contacto con Josefa Álvarez Álvarez, a la que localizó en El Escorial (Madrid), donde llevaba tres meses al servicio de la misma familia que lo había hecho en Oviedo durante más de dos años, la del ingeniero Terrero, y quedaron citados. Al encuentro acudió el periodista, al que acompañaban el alcalde, sus hijos y el fotógrafo. En un momento de la conversación le preguntan por los rumores que habían circulado por toda España en torno «a unos ultrajes y a unos enterramientos» a lo que respondió tajantemente «es una mentira como una montaña. Yo no he estado sola ningún día de los de la revolución».  Interpelada sobre si era consciente que oficialmente estaba muerta y se decía que con ella y sus compañeras habían cometido toda clase de ultrajes suelta una carcajada franca, a pleno pulmón. Acto seguido la informaron que había unos hombres presos y unas familias angustiadas bajo el peso de haberse cometidos tales desafueros. Josefa «se pone súbitamente seria y a sus ojos acude la emoción». Ella no quería «darle más aire a esto (…) porque nunca pude suponer que llegarían las cosas a los extremos que han llegado». La siguiente pregunta era obligada ¿cómo se han portado con usted los revolucionarios? Y la respuesta era esperada y esclarecedora: «el que me llevó a mi casa se condujo con una nobleza y con una amabilidad que yo no sé cómo agradecerle. Si cien años viviera, cien años guardaría el reconocimiento por sus atenciones». Reconoce que no lo conocía, pero si se lo pusieran delante lo reconocería en el acto. Los interlocutores deseosos de conocer los detalles del suceso y la entrevistada, sintiéndose confiada, explica con suma naturalidad: «uno de los días de la revuelta, creo que fue el 9, no lo recuerdo bien, porque en aquellos momentos tremendos olvidaba una hasta la fecha en que vivía, tuvimos que abandonar la casa porque decían que iban a bombardear aquella barriada. Me dirigí a la calle del Rosal y marchamos utilizando la parte posterior de la casa y yo, por miedo, me perdí unos momentos, hasta que me junté con otros vecinos de la calle del Rosal». Entre ellos hablaban de si era mejor estar fuera de Oviedo y en ese momento pasó un hombre que le preguntó si era de San Claudio. Josefa respondió «que de Trubia y que de buena gana iría a casa de mis padres» a lo que éste le contestó que «si yo quería, al día siguiente vendrían a buscarme para conducirme allí».  Y así fue, tal como había dicho, en su compañía marchó a las doce y media de la tarde a pie hacia Trubia: fueron por La Argañosa y San Claudio y a cada paso se encontraban con grupos de revolucionarios haciendo guardia y «cuando pasábamos por delante de las casas ocupadas por parientes o amigos de mi acompañante todos se desvivían por que entrase a descansar y a comer algo. Yo decía que no, pues deseaba llegar a mi casa inmediatamente, y entonces me animaban para que no me asustara porque nada malo me pasaría. ». No pararon en ningún momento, y cuando ya habían pasado la Fábrica de Cañones de Trubia y llegaron al barrio de «Cataluña» se encontró con su hermano, «que agradeció al revolucionario lo que había hecho en mi favor». Y la señora de Las Cuestas no tuvo ningún reparo en firmar un papel en El Escorial, el 21 de abril de 1935 en el que se podía leer «es una canallada cuanto se ha dicho del comportamiento que con nosotros han tenido los revolucionarios». A finales de ese año, el 26 de diciembre de 1935, en La Voz de Asturias se publicaba lo siguiente: «según nos refiere persona que nos merece absoluto crédito, ha sido abierto nuevamente el sumario llamado de las tres jóvenes desaparecidas del pueblo de San Claudio. Afirma la persona que así nos informa que dos de estas jóvenes se han presentado a declarar en el Juzgado correspondiente y que la tercera está citada para que comparezca». Este suceso es una confirmación de aquel adagio popular que nos alerta de que en cualquier conflicto la primera víctima siempre es la verdad. 

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