
Corría el año 1981 cuando la televisión existente, la que muchos veíamos todavía en blanco y negro (RTVE), estrenaba la mítica serie “Verano Azul”, dirigida por Antonio Mercero. La serie cuenta las aventuras veraniegas de un grupo de adolescentes, capitaneados por un viejo pescador y una joven pintora. Curiosamente a pesar del título de la misma, fue puesta la primera emisión en antena el 11 de octubre de 1981, diecinueve capítulos de una hora de duración en la primera cadena, los domingos a la 16:00 horas, finalizando el 14 de de febrero de 1982. Al existir solo dos canales de televisión por entonces fue vista por millones de españoles. Así, para el verano del 82, la juventud de aquellos días ya habíamos reído con las travesuras de Tito y Piraña, sufrido los amores de Bea y llorado con la muerte de Chanquete. Nosotros incluso ya nos habíamos adelantado al capitulo “A lo mejor”, teniendo nuestra propia frase reivindicativa y guerrillera con nuestros adultos, “vete a ver la ballena “ que bastantes coscorrones y castigos nos costó.
Trascurridos 43 años de aquella primera emisión recuerdo con nostalgia nuestros veranos en Proaza, con un pueblo lleno de juventud, en el que ya no solo estaban los que residían todo el año, también los que acudían los fines de semana y los que solo podían venir un mes por la lejanía de su vivienda y el trabajo de sus padres. Eran días felices, sin otra preocupación que la de jugar y pasarlo bien,salvo ayudar en las tareas de casa y alguno tener que estudiar para sacar el curso en septiembre. Juegos, risas, primeros amores, acudir a tu primera fiesta, que te dejaran entrar en la discoteca (Acuario), todo era, para mí, un vivo reflejo de la serie. Hoy en día, con los tiempos que corren, eso ya esta prácticamente olvidado, aunque todavía queda algo de esperanza. Mientras escribo estas líneas oigo a mis jóvenes vecinos jugar al fútbol utilizando de portería el portón del antiguo Sindicato Agrario,el mismo en el que, cuatro décadas atrás, utilizamos nosotros para lo mismo. Me emociona ver cuando utilizan el asfalto y las aceras de la Abadía para pintarrajear carreteras, dibujos, como si fuera una pizarra gigante.

Imperdonablemente la vida sigue su curso. Poco a poco los veraniegos dejaron de venir, los días se convirtieron en números muy grandes en la báscula, el pelo se fue tornando poco a poco a blanco… Aunque muchos de nosotros nos seguimos viendo todos los días,no es igual, querría mas, querría tener otro verano azul.
Dicho y hecho. Nos pusimos manos a la obra. Unas cuantas llamadas, un poco de investigación, y el 14 de junio pasado, coincidiendo con las fiestas de san Antonio de Proaza, logramos reunirnos unos cuantos amigos y amigas nacidos a principios de los años 70, Cincuentañeros y cincuentañeras que disfrutamos de una copiosa comida, en la que recordamos numerosas anécdotas y aventuras. Incluso la tecnología nos ayudó para que los compañeros que no pudieron asistir estuvieran presentes en formato de video. Por unas horas todos volvimos a ser niños, nada interrumpió esos inolvidables instantes, ni siquiera el odioso móvil. No hubo tiempo para que nos molestara, teníamos demasiadas cosas que contar… De echo nadie lo tenía encima de la mesa. Alargamos nuestra reunión hasta el máximo que pudimos, hasta que nuestras obligaciones nos impidieron estar más tiempo juntos. Fue nuestro nuevo verano azul, el primero, espero, de unos cuantos que nos quedan por compartir.
Me queda la duda de si salgo a jugar con mis vecinos. ¿Me dirán «vete a ver la ballena”?
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