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Redes sociales y móviles, heroína para los niños de la casa

El debate sobre la regulación del uso de dispositivos adictivos recuerda a los tiempos en los que empresas tan poco sospechosas como Bayer vendían droga dura en jarabe para los más pequeños

Lucía S. Naveros

Ver aquellos anuncios nos causa estupor: un niño con ojillos dormilones y cara de felicidad al lado de un frasco que pone, en letras grandes, heroína. Los que no somos tan jóvenes recordamos los parques de las ciudades llenas de muertos en vida, una epidemia que segó a una generación de adolescentes, y no podemos comprender cómo la sociedad pudo admitir que semejante veneno se administrara a los más pequeños cuando tenían tos. Corría el año 1912 y la heroína se vendía en las farmacias como si fuera agua.

Hoy, algo más de un siglo más tarde, estamos sin embargo en el mismo punto. Echamos las manos a la cabeza cuando Pedro Sánchez habla de prohibir el acceso a redes sociales a los menores de 16 años, y hasta el dueño de Telegram se permite enviar un mensaje masivo defendiendo lo que llama la libertad. Es decir, su libertad de vender heroína a los menores.

Tenemos pruebas más que suficientes que avalan que el algoritmo de las redes sociales está específicamente diseñado para crear adicción, vemos a nuestro alrededor una epidemia de niños exhaustos, que duermen mal y apenas se concentran, que no juegan y que incluso pueden llegar a matar si les quitas el móvil (lamentablemente hay casos, no es una exageración), educados en valores antidemocráticos por empresas que se venden a los intereses más oscuros, o sometidos a riesgos que nos pondrían los pelos de punta si salieran de las pantallas ocultas en las mochilas. Y ante todo eso, nos dicen que nos callemos. Dentro de unos años miraremos a este momento de la historia como hoy vemos a Bayer vendiendo heroína a niños. O eso espero.

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