La obra de este artista sorprendente se podrá visitar en en Casa Fernández durante los meses de marzo y abril

Vanessa F. Cuerdo / Trubia
Una barbaridad. Un enorme mono que le mira directamente a los ojos y al que usted no puede
dejar de mirar tampoco.
Este es el primer contacto con la obra de Ángel Encinas que podrá experimentar en Casa
Fernández durante los meses de marzo y abril. Una barbaridad por la magnificencia de la obra
en sí, por la elaborada técnica que ha estado madurando durante años y por la emoción que
despierta en el observador. Es verdaderamente impactante.
Nacido en Madrid en 1977 (vivió desde muy pequeño en Oviedo), el hilo conductor de su obra
es la deshumanización y la paulatina pérdida del norte de las personas, y en esta muestra
podemos observar varios ejemplos de ello. “Yo nunca tuve perro hasta que viví en Madrid. Fue
un gran acierto y un gran descubrimiento para mí. Saliendo con él me daba cuenta de que los
perros se parecían muchísimo a sus dueños y que socializábamos a través de ellos, mientras
que nosotros estamos deshumanizándonos en esta sociedad caótica. Esto me asustaba”. Por
eso su primera serie acerca del tema la protagonizaron perros con atributos humanos, y así los
animales continuaron siendo parte fundamental en su obra hasta hoy.
Contemplar esos impresionantes monos hechos con hilo en bajorrelieve supone una
experiencia a la que ni palabras ni fotografías pueden hacer justicia. Y por supuesto lo mismo
ocurre con el resto de la muestra, compuesta por diversas obras creadas con distintos
materiales. “Me gusta guarrear” afirma Ángel (con la materia prima, entendámonos), ya que a la
hora de crear y experimentar no duda en utilizar todo tipo de materiales, incluidos los
reciclados.
Prueba de ello es una estupenda colección de pequeños metacrilatos sobre los que viven
figuras que además sirven para lucir como colgantes o broches. Les reto a encontrar entre ellos
un precioso pez de colores hecho con el plástico de un mechero.
Pero volvamos al retrato del mono. Me tiene completamente fascinada. “Depende mucho del
ambiente que haya. La luz le incide de tal modo que a veces parece triste, otras enfadado…
son retratos vivos”. No se puede expresar de otra forma: parecen estar vivos. Hacen dudar de
si realmente hay alguna posibilidad de que lo estén. Sus ojos son pura vida, devuelven
emoción y sentimiento. Es como si tuviera un alma que se comunica con la tuya. “Hay retratos
del mismo mono de los que la gente piensa que se trata de otros distintos tras verlo en
momentos diferentes. Pasa mucho”. Les aseguro que así es, deben ustedes comprobarlo por sí mismos.
El toque vintage en el caso de Ángel no puede ser más claro. Influencia y referencia fue su
abuelo, el ovetense Ángel Álvarez, locutor y radiotelegrafista de Iberia que dedicó parte de su
vida y todos sus viajes a Nueva York a traer a España vinilos llenos de artistas y composiciones
que desconocíamos hasta entonces. “Ir a Madrid y entrar en el estudio y poder escuchar miles
de vinilos supone abrir la mente y esto nunca dejó de influirme”.
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