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Cuestiones en taza

Luis G. Donate

Bienvenidos un mes más, queridos y amables lectores. Pasados ya los excesos de carnaval, volvemos a la carga con asuntos de enjundia. Espero que estas letras os encuentren bien. Con suerte, estaréis atacando el último frixuelo que queda, el cual sugiero, rellenéis de algo que os guste. Sin más preámbulos, vamos al tajo.

Desde que el hombre empezó a usar recipientes en la noche de los tiempos, ha habido algunos de especial importancia. El Grial, por ejemplo, sería uno de ellos. El cuerno de hidromiel que dio a Odín el don de la poesía, después de ser llenado con la sangre de Kvasir, también podría ocupar esa categoría. Sin embargo, hoy quiero hablaros de una taza especial para mí. Una con forma de libro, alusión clara al oficio de escritor. Una vocación que aún no ocupo del todo en lo material, pero que en espíritu, siempre ha estado ahí. Hace ya muchos años de aquel niño que sin saber escribir, dictaba a su madre historias confusas en las que salían desde Yoda hasta Spiderman o el Zorro. A pesar de ello, aquí seguimos dándole a la tecla y agradecidos por contar con lectores fieles. Uno de ellos me regaló esa taza y para él o ella es este artículo. Semejante cáliz literario será para siempre un símbolo de lealtad y cariño, por los cuales, me siento muy honrado.  Sería un árbol cayendo sin nadie para escucharlo si me faltáseis vosotros. Probablemente seguiría contando lo mismo, pero a nadie aprovecharía como lo hace ahora. Por ello,  doy las gracias al lector misterioso además de al resto. Tú sabes quien eres.

Hasta aquí llega esta emotiva disertación. Espero que haya maridado bien con el bocado sugerido al principio, ya fuese relleno de Nocilla o mermelada. Hablando de rellenos, otro día tocaremos el tema de los frixuelos salados. Para unos tormento y para otros ambrosía, como todo en la vida. Hasta entonces, quedo a vuestro servicio.

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