Categorías: Teverga

[Tribuna] Desde el canto San Martín

Un recuerdo de Natina Ulloa
Por Rocío ARDURA

Foto antigua del Canto de San Martín de Teverga

Recientemente se murió Natina Ulloa, que fue telegrafista de Teverga durante décadas. Hubo un funeral y una misa en la iglesia de San Juan en Oviedo, donde sus cenizas van a descansar. Llevaba tiempo perdida en sus recuerdos en compañía de sus hermanas, en Muros de Nalón, pero durante años, fue toda una institución, junto a Frutos, Julián y Majin Alija, en el entorno del Ayuntamiento y el Canto San Martín.
Sobrina de Luisa y de Santos el Barbero, se recrió en Teverga, mientras sus hermanas gestionaban una casa-pensión para estudiantes en frente de la Escuela de Minas de Oviedo. Adela, Pura, Natina, Felisa y Estrella. Cinco hermanas muy avanzadas a su tiempo, especialmente trabajadoras y reconocidas, como Felisa Ulloa, una de las primeras secretarias de Hidroeléctrica del Cantábrico que aún recuerdan todos los directivos, a las que añadir, su hermano Tino, que como tantos emprendedores buscó nuevos destinos en América, iniciados los años 30.
A Natina, sobre todo… le gustaba limpiar con mucho amoníaco y mucha lejía. Y también cantar, ir a misa y escuchar los seriales de la tarde en la radio de entonces. Pero como recordaba hace unos días el ex concejal de cultura, Pepín Alonso, Natina, fue ante todo una mujer muy trabajadora y muy servicial.
Yo la recuerdo todavía con los puntos y rayas de los telegramas, en las oficinas de la planta primera del viejo ayuntamiento. Años y años de toc, toc, toc.. Y los partes de la producción de Hullasa, vía teléfono, más tarde, cuando las nuevas tecnologías iban pidiendo paso… hasta su jubilación.
Natina, formaba parte del paisaje y paisanaje del Canto San Martín, donde me tocó vivir la infancia, mi «patio de Sevilla» particular, junto a Enriqueta y José, la tía de José Manuel, que luego fue jugador y gerente del Sporting de Gijón, compartiendo época dorada con Quini, y que vivían junto al campanario del consistorio municipal, cuidando de sus instalaciones..
Mientras… miraban el ir y venir de Frutos, el municipal, el más temido por los niños cuando las matrículas comenzaban a ser obligatorias para motos y bicicletas y alguno pasaba la tarde buscando «nixos» o fumando por alguna cerezal.
Todos ellos compartían espacios con Josefa y Luis «el maquinista», que vivían sobre el economato minero, que mi padre convirtió en el primer supermercado del concejo, y que me metió en la cabeza, mientras iba a buscarle paquetes de caldo (tabaco de liar) a Casa Laura, la importancia de recuperar como atractivo turístico el ferrocarril minero que él conducía y sobre cuyas vías se habilitó muchos años después la Senda del Oso.

El chalet de don Santiago
A la derecha del Canto San Martín se encontraba también el chalet de don Santiago y doña Julia, unos auténticos señores que vivían en Madrid, junto a su hermana Lola, farmacéutica en el barrio de Salamanca y madre política de Celso Peyroux. Eran ellos los propietarios en la distancia de un auténtico paraíso para los que éramos niños entonces, con el amplio jardín y, sobre todo, con el balancín que nos dejaban usar sin demasiados problemas durante los veranos, como gran descubrimiento vacacional, cuando por tener no teníamos ni polideportivo ni piscina municipal.
Finalmente, frente al chalet, completando este microcosmos tan diverso y sorprendentemente cosmopolita, se alzaban las casas de «los de Arguelles», construidas por el eterno alcalde Recaredo Argüelles, que disfrutaban durante el verano sus hijas y descendientes, principalmente las hermanas Tita, casada con Manolo Manteola, «el aviador», Consuelo, y la tía Susi, Josefa Arguelles, de nombre de pila, la mujer más moderna de la Teverga de entonces. Viuda del coronel de infantería, Epifanio Loperena, Susi era divertida y charlatana, vestía pantalón y fumaba con boquilla, sin abandonar jamás su luto o «alivio» lila presentes hasta en el bikini o el turbante, cuál jequesa de Catar, rivalizando en elegancia y mantenimiento del recuerdo y la ausencia matrimonial, con su hermana, Consuelo Argüelles, viuda del compositor con calle en Oviedo, Ángel Muñiz Toca, que, en cuanto llegaba a San Martín, inundaba la plaza con el olor a Miss Dior.

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